Crítica, análisis y noticias de Cine

Crítica: Todo lo que veo es mío (2017), de M. Galperín y R. Podolsky

Todo lo que veo es mío (Argentina – 2017)

Dirección, guion: Mariano Galperín, Román Podolsky / Fotografía: Diego Robaldo / Montaje: Andrés Tambornino / Música: Diego Tuñón / Producción: Marcela Ávalos / Intérpretes: Michel Noher, Malena Sánchez, Julieta Vallina / Duración: 83 minutos.

La dupla Mariano Galperín y Román Podolsky se sirven de un exquisito monocromatismo para componer ésta suerte de biopic surrealista y comprimida del artista Marcel Duchamp, centrándose nada más que en su fugaz estadía entre 1918 y 1919  en Buenos Aires. No hay una reconstrucción cronológica, tampoco un conflicto para ir siguiendo, de hecho, viendo la película uno podría decir que los meses que pasó en el país junto a su pareja Yvonne Chastel fueron de un ocio insoportable. Pero es durante el ocio cuando más fácil aflora la imaginación y eso es lo que aparentemente buscan los realizadores: introducirse casi de forma literal en los recovecos mentales del genio francés. Pensar con la cámara cómo se inspiraba, cómo todo lo que veía se volvía suyo, cómo se apropiaba del mundo hasta terminar deconstruyéndolo a través de su obra.

Más que un filme de época, que como tal está encarado con un minimalismo excepcional: unos pocos personajes y un puñado de locaciones fotografiadas en un blanco y negro impoluto, Todo lo que veo es mío se propone como una experiencia donde prima lo visual. La percepción a partir de los ojos de Duchamp es hipnótica y difusa, incluso la audición a veces asordinada del mundo es como oír todo desde el interior de una piscina llena de ácido lisérgico. En este punto, Galperín y Podolsky sobrevuelan lo histórico con surrealismo, ficcionalizan con estilo y se permiten ciertos guiños anacrónicos a otros innovadores como Magritte, Pink Floyd o el mismo Luis Alberto Spinetta, todos bebedores directa o indirectamente de la influencia del creador del ready-made y figura central del arte moderno.

Michel Noher es quien encarna al artista francés en una interpretación concisa, pero sin muchas aristas. Salvo ciertos momentos que revelan su lado más snob y excéntrico (usa máscaras y se trasviste, disfruta de un menage a trois y baila tango en una dionisíaca escena junto a Luis Ziembrowski) Duchamp vive sus días en Buenos Aires como un hombre serio y de pocas palabras que parece mantener la misma meticulosidad interna tanto al lijar una tostada quemada como al jugar una partida de ajedrez –una de sus máximas pasiones-  cuando en el fondo, está siempre craneando ideas, inspirándose de todo aquello que se le cruza por las pupilas como un buen voyeur de lo cotidiano.

El vapor que libera una cuchara con sopa, el modo en que rebota la piel al desprenderse los vellos del brazo, las sábanas agitándose por el viento, son además de fuente de inspiración para creaciones futuras, pequeñas secuencias sobre las que pivotea –y se sostiene- la película. En una de las tantas cartas que envía a Francia, donde la crítica a los argentinos “por ser brutos, de mal gusto y copias baratas de modelos europeos” es una constante, confiesa a un amigo que cuando esté de regreso habrá “cambiado muchísimo”, haciendo de su estadía en el país un caldo de cultivo artístico y no solo diez meses de ocio, disgusto y aburrimiento.

Por Felix De Cunto
@felix_decunto 

85%
  • Nuestro Puntaje
Podría interesarte

Escribe un comentario

No publicaremos tu mail