Crítica: The Post, Los oscuros secretos del Pentágono (2017), de Steven Spielberg

The Post: Los oscuros secretos del Pentágono / The Post (Estados Unidos – 2017)

Dirección: Steven Spielberg / Guion: Liz Hannah, Josh Singer / Producción: Kristie Macosko Krieger, Amy Pascal, Steven Spielberg / Música: John Williams / Fotografía: Janusz Kaminski / Montaje: Sarah Broshar, Michael Kahn / Intérpretes: Meryl Streep, Tom Hanks, Sarah Paulson, Bob Odenkirk, Tracy Letts, Alison Brie, Bradley Whitford, Carrie Coon / Duración: 116 minutos.

La pleitesía incondicional es un camino que recorre gran parte de la crítica. La necesidad de exaltar ciegamente los valores de una película como si se tratara de una ley es un ejercicio recurrente, sobre todo si se habla de Steven Spielberg, “el gran narrador norteamericano”, “el heredero de John Ford”, una especie de intocable a la hora de evaluar los resabios clásicos de la industria. Los categóricos seguidores del director de Tiburón son tan peligrosos como los que eligen a Godard para negar al resto.

Lo llamativo del caso es que todos los elogios destinados a The Post destacan menos los fundamentos cinematográficos (que son escasos) y elogian el carácter más débil: su afán de prédica. Y lo cierto es que, además, se citan otras películas para sostener el supuesto revisionismo histórico (creo que no debe haber una sola crítica que no haya aludido a Todos los hombres del presidente de Alan Pakula). Bueno, mucho ruido y pocas nueces.

The Post parte de un hecho apasionante y esto no implica que la forma en que lo aborda lo sea. Un hecho cuya naturaleza Jorge Luis Borges era capaz de recrear en cuentos como Tema del traidor y del héroe sin pudor o que Tarantino se permitiera explotar (literalmente) en Bastardos sin gloria o Django, dos autores que nunca le temieron al anacronismo y que se permitieron masacrar los géneros, y por ende, la misma noción de verdad histórica. Spielberg sustituye el anacronismo por la prédica a partir de una estética añejada. Los personajes, los periodistas que atraviesan la trama, lanzan diatribas sobre la libertad, la moral y otros valores que nunca se cuestionan. Y The Post confirma una vez más que cuando Spielberg se dedica a la prédica tiene más agujeros que un colador. Nunca se resigna a que una mirada, un gesto o un movimiento puedan valer por sí solos más allá de la exaltación patriótica o heroica. Aquí hay una escena clave donde el cine le cede el paso al discurso innecesario. Tom Hanks interpreta al director periodístico del diario y sabe que tiene una oportunidad única para publicar los documentos ocultos del gobierno, en medio de la guerra de Vietnam, ya que su principal competidor, el New York Times, no lo ha podido hacer por las presiones sufridas. Toda la tensión del caso es resuelta visualmente por el director en dos escenas. En la primera, los documentos están sobre la mesa y entre las penumbras de un hotel de carretera, Daniel Ellsberg, el periodista que se filtró para obtenerlos, se entera de que serán publicados. Inmediatamente pasamos a las penumbras del hogar de Ben Bradlee (Hanks). La cámara se aproxima al rostro y su mirada es elocuente, está en un aprieto de esos que definen una vida. Llega su mujer y advierte el estado de enajenación. Toda la tensión del momento se corta gracias a la pulsión explicativa y patriótica de Spielberg, quien resuelve la situación con un acercamiento hacia una foto donde la pareja comparte un sillón con los Kennedy. Por último, la línea de diálogo lacrimosa: “Esa foto me pone triste”. En efecto, los pocos momentos cinematográficos son interrumpidos por el imperativo patriótico, un gesto infaltable en el director, que no se conforma solo con los héroes, un vicio que en otros casos, como Munich, se acentúan con más obscenidad.

The Post, lógicamente, es también una película hablada en demasía. Se podrá argüir que la naturaleza del tema lo amerita. Spielberg intenta contrarrestar la cascada verbal con una cámara nerviosa, con desplazamientos circulares que evidencien su presencia más allá de la mecánica estática del guión. Esto no impide que se mantenga lejos de cierta tendencia al teatro filmado y que los actores adopten posturas escénicas acordes. El personaje de Meryl Streep está más allá de todo. Su interpretación de Kay Graham al frente de la empresa deviene como una mezcla de La decisión de Sophie (aquel drama de Pakula de 1982) y La dama de hierro (Phyllida Lloyd, 2012), con un peinado y dicción afectada recuerdan a la Thatcher. Y si bien es cierto que sobre su figura recae una crucial determinación, calificar al filme de “feminista” por ello es tan intrincado como hallar una aceituna en un pan dulce, a menos que se deslumbren por ese plano tramposo en el que la protagonista sale de tribunales y desciende la escalinata en medio todas las mujeres. Se trata sin duda de otra de las exageraciones promulgadas por las mismas sentencias críticas que se emocionan por “la defensa de la libertad del periodismo de investigación” (en un país donde la  prensa aliada con el poder inventa guerras) o que califican a The Post como un “filme político”, un argumento tan poco convincente como sostener que Spielberg es un mal cineasta.

Por Guillermo Colantonio
@guillermocolant

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