Crítica: Tampoco tan grandes (2018), de Federico Sosa

Tampoco tan grandes (Argentina – 2018)

Dirección: Federico Sosa / Guión: Máximo Reca / Fotografía: Diego Poleri / Música: Sergei Grosny / Montaje: Alberto Ponce / Dirección de arte: Catalina Oliva / Sonido: Sebastián González / Intérpretes: Paula Reca, Andrés Ciavaglia, Miguel Ángel Solá, María Canale, Tomás Wicz, Chang Sung Kim y Rubén Szuchmacher / Duración: 79 minutos.

Este es el segundo filme de ficción del director argentino Federico Soca (Yo se lo que envenena) que en sus casi 40 años se inclina por aceptar un proyecto por encargo, el de filmar una pequeña comedia romántica en formato de road movie. Este subgénero tan tradicional de un cine americano clásico y contemporáneo es el universo ideal para plantear un tópico que hace varios años convoca a los espectadores “la adolescencia tardía” o ese último momento en la vida de los personajes en que deben abandonar un cierto estado de ingenuidad eterna para pasar a la conciencia de la adultez y sus paradigmas.

La protagonista es Lola (Paula Reca), la típica joven de casi 30 que está en planes de casarse y pasar a la vida de la madurez y sus tradiciones. Pero ese supuesto plan que ya no parece funcionar idealmente va a colapsar cuando “se entere de las verdades de su vida que aún desconocía”, como buena teenager tardía. Su padre que creía fallecido hace años en realidad ha muerto ahora y le ha dejado una herencia, de esas que para cobrar hay que hacer algún viaje intrincado, delirante y revelador.

Al mismo tiempo se entera de un detalle nada menor, su edad real no es 29 sino 30, y esos 30 años simbolizan el desastre, el dato desencantado de ser grande, pero obvio, tampoco tan grande diría Lola.

Para hacerse del legado de su padre debe viajar a Mar del Plata como parte de un gran recorrido que la lleva hasta el sur de la argentina. Allí se suman al viaje la pareja de su padre, Natalio (Miguel Angel Solá), y quien agenciaría de su ayudante, ya que su futuro esposo está ausente con aviso. La figura clave del binomio de la comedia romántica es Teo, su ex novio (Andrés Ciavaglia) un cineasta algo patético que lleva a su hermana Rita, una adicta en complicado proceso de recuperación (Maria Canale), y así se completan los viajantes del tour.

La relación entre Lola y Leo construye una química acertada para el clima del romance. Los chisporroteos constantes que se generen entre sus dimes y diretes, dan lugar a permanentes tironeos adolescentes y dejan a la vista la complementariedad ideal de estos dos opuestos que se proponen como la pareja inevitable, en sus peleas infantiles definen lo que son, la fantasía que propone el subgénero ser “el uno para el otro” en pleno estado de pelea-reencuentro.

Ambos arman un dueto cómico aceitado y mantiene un timing ágil en casi todas las situaciones, así la fluidez de la comedia circula con bastante frescura. Los personajes de contraste como Rita y Natalio traen otros matices al viaje y sus vicisitudes. No es Rita la que luce muchos grises su condición de adicta en recuperación, y tal vez aún cuando hay pasajes que podrían percibirse como de marcada sensiblería, es Natalio quien propone algunos tonos de emotividad al relato.

Si la propuesta hace algo clave a favor de sí misma es que no desconoce lo que usa como herramientas: el estereotipo, las situaciones previsibles, los evidentes guiños a otros filmes, y la necesaria complicidad del espectador que sabe donde termina toda esta historia.

Tampoco tan grandes no se engrandece, y eso la hace más simpática todavía.

Por Victoria Leven
@LevenVictoria

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