Crítica: Selva Trágica (2020), de Yulene Olaizola – MDPFF35

Selva Trágica (México – 2020)
35 Festival Internacional de Cine de Mar del Plata: Competencia Latinoamericana

Dirección: Yulene Olaizola / Guion: Yulene Olaizola, Rubén Imaz / Producción: Pablo Zimbrón Alva, Rubén Imaz, Yulene Olaizola / Fotografía: Sofía Oggioni / Montaje: Rubén Imaz, Yulene Olaizola, Israel Cárdenas, Pablo Chea / Sonido: José Miguel Enríquez Rivaud / Música original: Alejandro Otaola / Intérpretes: Indira Andrewin, Gilberto Barraraza, Mariano Tun Xool, Lázaro Gabino Rodríguez, Eligio Meléndez / Duración: 96 minutos.

En Selva Trágica, Yulene Olaizola consigue reunir parte de la prehistoria de la industria del chicle en la isla de Belice con la mitología maya sin inclinarse del todo ni por una ni por otra. O mejor dicho, haciendo convivir lo documental del proceso de extracción del chicle con un estado de constante misticismo que remite directamente a las selvas de mil tonos de verdes que componen las películas de Apichatpong Weerasethakul. Lo que tenemos es un grupo de hombres dedicados a trepar y machetear la corteza de los árboles para alcanzar la materia prima. Durante una de sus jornadas, encuentran desvanecida a una joven. Al no saber si “pertenece” o no a los británicos –el uniforme de enfermera de alguna manera la delata- por las dudas, la raptan y la llevan consigo. En principio, solo sabemos que fue herida al escapar de su “dueño”, aunque en realidad ha quedado en un limbo y debajo de su forma humana se esconde un espectro: una especie de súcubo que en vez de atacar en sueños, atrae a los hombres para tener relaciones y después matarlos. En cierto punto, Selva Trágica no llega a ser nunca ni muy muy de aventuras, ni tan tan de fantasía. Se mantiene siempre al límite, con un pie de cada lado de la frontera. Uno de hecho podría tomar los temas y divertirse apilando dualidades: hombre/animal, colonizador/colonizado, anglosajón/latino, patrón/empleados, represión/libertad y así. Olaizola bien pudo haber abandonado el naturalismo y sumergirse de lleno en el mito de Xtabay pero no lo hizo. Lo sobrenatural es repuesto entonces mediante una voz en off incorpórea y no a través de las imágenes. Así, Agnes seduce a sus víctimas en la superficie terrenal para enviarlos luego a un inframundo que nunca vemos.

Que es una historia sobre hombres bravos que irrumpen la tranquilidad de la madre naturaleza para explotar sus recursos, lo es. Difícil no pensar en el Aguirre de Werner Herzog (Aguirre, la ira de Diós, 1972) y su locura sobre aquel río amazónico. Pero también, es una historia sobre el deseo, sobre lo prohibido, sobre las pulsiones que reptan debajo del orden civilizatorio. La lujuria entonces brota con la misma violencia con que actúa la codicia. La Belice de 1920 es tierra de nadie. Una isla a cargo de la ley del más fuerte. Una zona liberada donde los animales son meros espectadores del ejercicio del poder racial, patriarcal y de clase. Los hombres cargan y disparan sus armas con la misma impunidad con que se abalanzan sobre el cuerpo de Agnes. Uno a uno se le acercan y ella, de blanco y con las piernas abiertas, los recibe sin abandonar jamás su mutismo. Como si la carencia de lenguaje también marcase un límite e inaugurase otro canal, otra forma de comunicarse con el entorno. Como si en el fondo fuese realmente lo que es: humana, pero no tan humana.

Por Felix De Cunto
@felix_decunto

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