Crítica: Retrato incompleto de la canción infinita (2019), de Roly Rauwolf

Retrato incompleto de la canción infinita (Argentina – 2019)
Estreno exclusivo de la plataforma Puentes de Cine de la Asociación de Directores de Cine PCI.

Dirección y Montaje: Roly Rauwolf / Guion: Leonardo Novak, Roly Rauwolf / Dirección de fotografía: Norby Ludin / Dirección de arte: Lorena Gomez / Sonido: Luciano Fuseti / Música: Daniel Melero / Producción ejecutiva: María José Torres / Duración: 70 minutos.

Es normal sentir admiración por aquellas figuras que, asumiendo el riesgo de quedar en el olvido, eligieron trazar su camino a espaldas de lo establecido. Es normal también que cuanto más oculto resulte este artista la fascinación sea aún mayor. Uno de verdad cree estar haciendo justicia cada vez que redescubre alguna gema que no recibió la merecida atención. El caso de Daniel Melero es singular porque su posición en el universo del rock nacional es la de alguien que directamente eligió la sombra como el terreno más cómodo donde poder verter sus ideas. No será para nada un músico que goce de gran popularidad, pero está claro que entre pares su nombre es señal de respeto. Su carrera artística inicia allá a mediados de los 80 como integrante de Los Encargados: proyecto fugaz pero suficiente para que, con apenas un disco (Silencio), sea considerada el primer grupo tecno-pop del país e influencia indirecta de toda la movida sónica que surgiría en la década siguiente. Con el tiempo, su camino iría tomando una dirección cada vez más tangencial a la exposición pretendida por la cultura del rock. De hecho, el reconocimiento que se le otorga viene en su mayoría por su rol como productor de grupos y sus colaboraciones junto a bandas como Soda Stereo, Babasónicos y Juana La Loca más que por su obra solista. Autodidacta sin conocimientos teóricos y valorado por su capacidad reflexiva a la hora de componer, Melero es un fiel comulgante del aspecto más formal del sonido. Sus ideas, que parten de abstracciones y texturas, le abren la puerta a la improvisación y a los errores, tiene como foco avanzar siempre hacia un concepto, término que sale repetidas veces de su boca como un mantra que no debemos olvidar. Y justamente, como el centro del documental son sus ideas, lo que hace el director Roly Rauwolf es ponerlo al frente a quien siempre estuvo detrás y otorgarle por completo el micrófono para que sea él quien, a través de su voz, vaya desentrañándose a sí mismo hasta revelar algunas de las capas que recubren a este genio.

Salvo algunas valiosas filmaciones de conciertos de Los Encargados o su presentación televisiva en el programa “Todo por 2 pesos”, con un sketch al final del show en el que el público saltaba de las tribunas y fingía atacarlo -riéndose un poco de los violentos infortunios que sufrió a lo largo de su carrera por culpa de la intolerancia rockera-, las imágenes en vivo escasean. Es que la película capta al músico alejado de los escenarios y más como lo que realmente es: un verdadero bicho de estudio. No por nada en alguna ocasión ha sido catalogado como el Brian Eno argentino. Se lo registra entonces en su hábitat natural, entre secuenciadores y consolas, corriendo de un lado al otro del vidrio para chequear las grabaciones. La sensación que transmite al verlo rodeado de cables y en pleno proceso creativo es la de un niño en una parque de diversiones. Ese entusiasmo con el que encara sus composiciones lo traslada también la oralidad. Basta sino escucharlo hablar. La energía que emana es la de un cerebro que carbura más rápido de lo que le da la lengua. Sus frases suenan contundentes como las de alguien que te está cantando la posta pero en el fondo, son pensamientos construidos sobre la marcha, que avanzan guiados por la intuición hasta ramificarse en certezas, siempre personales y seductoras, sobre la belleza, el arte y la búsqueda inspiracional. La presencia de Melero en pantalla se vuelve tan magnética, que por un lado, uno entiende por qué el documental termina apoyándose tanto en la entrevista, pero por el otro, uno siente que los 70 minutos son insuficientes para todo lo que tiene para decir. El título ya lo advierte, Retrato incompleto de la canción infinita hay que entenderlo como un material aún en bruto. Una maqueta demasiado apegada al protagonismo de su personaje tanto como a sus principios estéticos que, sin mucha suerte, son traducidos al plano audiovisual en un intento por escaparle a lo inevitable de caer en el rockumental más convencional.

Por Felix De Cunto
@felix_decunto

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