Crítica: Ready Player One (2018), de Steven Spielberg

Ready Player One: Comienza el juego / Ready Player One (Estados Unidos – 2018)

Dirección: Steven Spielberg / Guion: Zak Penn, Ernest Cline (basada en su propia novela) / Producción: Donald De Line, Dan Farah, Kristie Macosko Krieger / Fotografía: Janusz Kaminski / Diseño de producción: Adam Stockhausen / Intérpretes: Tye Sheridan, Olivia Cooke, Ben Mendelsohn, Lena Waithe, T.J. Miller, Hannah John-Kamen, Simon Pegg, Susan Lynch, Mark Rylance, Clare Higgins, Philip Zhao, Perdita Weeks / Duración: 140 minutos.

Nadie imaginaba que el cráneo de Steven Spielberg todavía brillaba con la fuerza necesaria para hipnotizarnos como insectos alados, sin embargo su reciente largometraje Ready Player One -adaptación del best seller de Ernest Cline- es la muestra cabal de que por el momento su capacidad de hacerle un tajo considerable y veloz a la pantalla para que durante más de dos horas los espectadores puedan evadirse completamente de la sala para entregarse de lleno y hasta casi de forma corpórea al entretenimiento más puro y concreto, sigue intacta. Está claro que la nueva entrega no refulgirá con la misma intensidad con que lo hacían Tiburón, Indiana Jones o ET por una cuestión no solo etaria, ya que sería inaudito enfrentarla con clásicos tan trascendentales, sino también porque el filme es al mismo tiempo una homenaje a esas joyas del cine de los 70 y 80. Pero como no solo del cine vive el hombre, si lo antropomorfizáramos, podríamos decir que Ready Player One es además un bebedor compulsivo de nostalgia, un fetichista de una época regida por el videoclub y los primeros gateos del videojuego.

Retomando el espíritu distópico y cyberpunk fogoneado por una larga tradición de las películas de ciencia ficción, la trama plantea un futuro que impresiona por lo cercano y  lo hostil. Estamos en 2045 y la brecha social se ha extendido tanto al punto tal que la mayoría de los habitantes sobrevive como puede en una suerte de villa urbana rodeada de smog y compuesta por edificios hechos de trailers en desuso. Frente a este panorama adverso las personas gastan el mayor tiempo posible conectados a un juego de realidad virtual llamado Oasis que les permite un escapismo del mundo real momentáneo, en cuanto tengan el dinero para costearlo, pero exitoso al fin. Por su parte, Halliday ingeniero informática y dueño de la empresa, antes de morir decide esconder tres llaves dentro de la plataforma con el fin de obsequiar las acciones corporativas a quien logre descubrirlas primero.

Es aquí donde, como el Charlie que logra hacerse del ticket dorado para ingresar a la fábrica de Chocolate, aparece Wade Watts (Tye Sheridan), un joven pobre y huérfano que al conseguir la primera llave bajo el avatar de Parzival se pone a la cabeza de la competencia para superar los siguientes niveles y en consecuencia, en la mira de una compañía de realidad virtual con intenciones maquiavélicas que intenta monopolizar el juego por completo. Como todo camino del héroe la aventura será secundada por un clan, entre los que se encuentra, Art3mis una joven que interioriza a Wade en cuestiones que van más allá de lo lúdico y la evasión que permite el sistema, le expresa los efectos catastróficos que puede tener en la vida real el triunfo de la empresa maligna liderada por Sorrento.

Por otra parte, Oasis es más que un juego, mucho más que una vía de escape frente a la realidad atroz que sacude al mundo. La plataforma es una red inabarcable (exageradamente inabarcable que requiere de varias visionadas) de citas a la cultura popular de los ochenta y noventa, justamente, un paraíso hecho por y para su propio creador Halliday. Al conectarse, los participantes además de unirse a la competición, ingresan a una especie de museo geek en clave binario donde conviven en perfecta armonía íconos del cine como King Kong, Alien o el automóvil de Volver al futuro con referencias al mundo del videojuego como el Minecraft o el Doom.

Este salto de realidades, la del mundo futurista/distópico y la del mundo 2.0 que se abre al colocarse el casco queda elocuentemente articulado bajo una narración que tiene a Spielberg como alquimista. Sin desvíos, sin giros de más, solo una aventura que a pesar de las sacudidas grandilocuentes que ofrecen los efectos visuales, consigue avanzar tranquila y sin complicaciones hacia sus objetivos. Eso sí, debajo del entretenimiento pasatista y el tour cinéfilo/geek, se esconde una reflexión sobre la identidad en la era virtual, la pantalla como extensión y el cuerpo como un organismo omnipresente capaz de habitar dos mundos en simultáneo que merece ser leída.

Por Felix De Cunto
@felix_decunto

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