Crítica: Por fin ¡solos! (2019), de Fabrice Bracq

Por fin ¡solos! / Joyeuse retraite! (Francia – 2019)

Dirección: Fabrice Bracq / Guion: Fabrice Bracq, Guillaume Clicquot de Mentque / Producción: Thierry Desmichelle, Ségolène Dupont, Eric Geay, Rémi Jimenez, Manuel Munz / Música original: Adrien Bekerman / Fotografía: Philippe Brelot / Montaje: Fabrice Bracq, Sarah Perrain / Diseño de producción: Arnaud Putman / Intérpretes: Michèle Laroque, Thierry Lhermitte, Nicole Ferroni, Judith Magre, Omar Mebrouk, Nicolas Martinez, Constance Labbé / Duración: 97 minutos.

LIBERTAD APARENTE

La piedra celeste del collar con cargador USB titila nuevamente y el matrimonio se mira con desgana. En pocos minutos y como en las últimas cuatro veces que se activó la alarma por error, la casa se llena de médicos y enfermeros que revisan con excesivo empeño a una perfecta Marilou. El repetido chiste con idéntica puesta en escena deja al descubierto la superficial construcción narrativa de Por fin ¡solos!: una sumatoria de clichés y estereotipos anticuados que caricaturizan tanto la temática como a los personajes en lugar de aprovechar la clave cómica para abordarlos en profundidad.

Es que el director asocia la jubilación con la vejez, la inutilidad, lo inservible, el tiempo libre sin sentido o la debilidad. La nuera deja en claro desde el principio que después de los 60 años ya no se pueden tener proyectos o aspiraciones personales más allá de prevenir ataques de salud o cuidar a los nietos, como si la vida se acabara de golpe y solo restara esperar a la muerte. De hecho, el sexo aparece como algo extraño (“seguro que en la cama no ocurre nada”, le comenta la joven esposa del hijo), como una actividad anclada en el pasado y olvidada. Mientras que la llegada de la madre de Philippe al geriátrico busca trazar otra capa más sobre el envejecimiento, las enfermedades, la soledad y los últimos deseos pero se desdibuja al ser tratada con bastante ligereza.

Tampoco ayuda que Fabrice Bracq sitúe a los protagonistas en un nivel de vida tan acomodado ya que termina por crear un mundo de algodones desconectado con la realidad que refuerza la banalidad de los personajes. Así lo reflejan, por ejemplo, la fugaz visita al espacio de beneficencia o las frases pegajosas que usa el vendedor para demostrar que consigue los mejores precios y clientes.

Por último, se percibe una clara distinción de comportamiento entre las mujeres y los hombres. Las primeras quieren imponer directa o sutilmente sus ideas o emociones, son malhumoradas, egoístas y vacías, mientras que los segundos se muestran sumisos, sin pensamientos propios hasta la llegada de un momento bisagra donde cambian sin más. Estos esquemas se replican durante todo el filme volviendo un poco más previsibles y monótonos los comportamientos y acciones de los personajes.

A final de cuentas, la ansiada libertad de Philippe y Marilou para cumplir con su deseo de vivir en Portugal no es más que una pantalla, un copo de algodón de ese mundo ajeno y delicado que los atrapa para siempre en un continuum de engaños, tibiezas y estereotipos para quedarse en la superficie en lugar de animarse a explorar el mundo por fuera de una caja de cristal.

Por Brenda Caletti
@117Brenn

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