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Crítica: Paterson (2016), de Jim Jarmusch

Paterson (Estados Unidos – 2016)

Dirección y guion: Jim Jarmusch / Fotografía: Frederick Elmes / Arte: Mark Friedberg / Vestuario: Catherine George / Sonido: Robert Hein / Música: Sqürl / Montaje: Affonso Gonçalves, Jackson Harper, Brian McCarthy / Intérpretes: Adam Driver, Golshifteh Farahani, Barry Shabaka Henley, Chasten Harmon, William Jackson Harper, Brian McCarthy / Duración: 118 minutos.

Paterson es el nombre del protagonista, un chofer de colectivos que vive con su novia y un perro muy particular, y también del pueblo que habitan en New Jersey, exponente de la América profunda. Su vida transcurre entre la rutina laboral, hogareña y los intersticios que le sirven para anotar poemas en una libreta. Con estos escasos elementos Jarmusch narra una historia cuyo tono homenajea a una tierra de escritores inspirados. Cuando las imágenes muestran la monotonía de la ciudad se ve que no puede haber otra cosa que enfrentarla con literatura y con esas imperdibles conversaciones que los personajes mantienen en un espíritu de camaradería que no da lugar a la clásica mirada de buenos y de malos. Si hay algo que poseen las criaturas de Jarmusch es humanidad, nobleza y sensibilidad. De allí que el ritmo de la película siga una especie de cadencia poética y conserve una sobriedad que no da lugar a exabruptos emocionales. Todo aparece en su justa medida. Paterson trabaja y desea que las horas pasen para poder escribir y estar con su novia, anclada en pequeños sueños de grandeza gastronómicos y musicales. Es un sujeto perceptivo, capaz de asombrarse por las constantes duplicidades que la realidad del lugar le ofrece (nótese la galería de personajes idénticos, una influencia acaso de la fotógrafa Diane Arbus) y de crear sus versos mientras maneja. Al mismo tiempo, cada aporte sonoro de los pasajeros en el colectivo favorecerá su propio universo de interpretación. Por otro lado, la lógica minimalista de la repetición de los días y de los actos siempre agrega casi imperceptiblemente signos que se suman para dar paso a variaciones dentro de una misma melodía narrativa. Pero hay algo más: la visibilidad del mundo del trabajo y la posibilidad de conectarlo con la poesía. Hay allí una relación interesante entre poseer conciencia de una situación social y un amplio margen de inseguridad en torno a la creación. Paterson no quiere dar a conocer sus poemas a pesar de la insistencia de su novia. En un momento, pierde todo lo escrito en la libreta y, lejos de dramatizar el hecho, continúa con su carácter melancólico y sus lacónicas frases. Un encuentro lo motivará a empezar de nuevo.

Justamente, empezar de nuevo es el leitmotiv del filme. Cada episodio arranca con la misma escena y reitera el itinerario: el levantarse, iniciar el día, intercambiar algunas palabras con un compañero de trabajo al que siempre le va mal, permanecer en el ómnibus, observar, regresar, pasear al perro y estar con su mujer. En esa rutina las variaciones pasan por la escritura, por esos versos que se van sumando a medida que transcurre el tiempo, y por pequeños hechos que no son significativos en apariencia pero funcionan como leves cambios existenciales. Con parsimonia y mucho cuidado en el manejo de la cámara, la película fluye cómodamente adormecida, al igual que los soñolientos personajes. Y se vive como tal.

Por guillermo colantonio
@guillermocolant

Texto publicado originalmente como parte de la cobertura del Festival de Mar del Plata 2016 en el artículo MDQ31: Reseña De Los Filmes De Jim Jarmusch

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