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Crítica: Otra madre (2017), de Mariano Luque

Otra madre (Argentina – 2017)

Guion, edición y dirección: Mariano Luque / Intérpretes: Mara Santucho, Eva Bianco, Julieta Niztzschmamn, Ana Tenaglia, Cecilia Antonozzi y Celina Ludueña / Fotografía: Eduardo Crespo / Sonido: Guido Deniro / Duración: 77 minutos.

En su primer largo Salsipuedes (2012), Mariano Luque proponía una mirada frontal sobre la violencia doméstica. No había salida, solo asfixia. La mujer estaba atrapada en una telaraña de subordinación y machismo tejida por su propio marido. Ahora, en su nuevo trabajo, es el director cordobés quien teje cuidadosamente los hilos para construir una red de vínculos y solidaridades femeninas y así contrariar –o aunque sea soportar- una violencia exógena que de una forma tal vez más difusa, más indirecta, aún persiste. Otra madre  es una película sobre mujeres desde el momento en que los pocos hombres que aparecen lo hacen desde la periferia, en un segundo plano, por no decir desde su ausencia

Recién divorciada, Mabel (interpretada por Mara Santucho o, mejor dicho, por el rostro y los ojos clarísimos de Mara Santucho si es que nos detenemos en la prevalencia de los primeros planos) se va a vivir a la casa de su madre en Sierras Chicas mientras intenta reacomodarse a su nueva vida. Su llegada a ese techo -en el que también vive su hermana adolescente y su abuela, y donde las camas ahora son varias, pero la comodidad escasa- vendrá acompañada de su hijita de cuatro años (Julieta Niztzschmamn), y dará sentido al título de la película donde “otra madre” termina siendo sinónimo de “otra mujer”, cuando una mujer es mucho más que eso. En este caso, la protagonista es una joven soltera que al verse obligada a buscar un segundo trabajo, lo que implica levantarse antes de que salga el sol y volver a casa cuando la luna todavía rige el cielo, termina adeudando favores a amigas y familiares donde el motivo último es poder cuidar dignamente a su hija.

Inmersa en un presente no elegido uno esperaría que Mabel reaccione, enfrente su situación, pero siendo una mujer de clase media trabajadora, madre, hermana, amiga y empleada no tiene más opción que adaptarse. Esa cadencia monolítica que empuja la rutina, alcanza a vibrar la imagen por más rígida que sea. A veces es el humo de un cigarrillo, otras un suspiro a medianoche, y otras ni siquiera eso, solo un cuadro vacío, inmóvil, donde apenas caben algunos ruidos hogareños. Así y todo, Luque encuentra en la cotidianeidad ardua de la protagonista, instantes donde una foto, un recuerdo, una conversación puede ser siempre un refugio, una puerta trasera a la añoranza del pasado y la nostalgia, y eso es un tesoro que el presente jamás podrá sepultar.

En esta línea, la cámara no apunta ni invade, sino que se sirve de su estatismo para que sean los cuerpos y las voces de estas mujeres que andan de paso por el cuadro, las que se dejen o no capturar.  Y si en esta disección el entramado de relaciones familiares -que de por sí son múltiples- no queda del todo claro ¿qué importa? Un simple mimo, un abrazo, un favor, un cigarrillo frente a la ventana oscura antes de salir a trabajar o la calidez de una frase que se filtra en fuera de campo, puede ser al final de la película lo único que quede sobre la superficie y al mismo tiempo, lo más potente. Otra madre  se estructura a partir de sus tiempos muertos, pero al final, queda concebida por sus detalles y gestos más ínfimos. Pequeños átomos que dan forma a la sororidad.

Por Felix De Cunto
@felix_decunto

75%
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