Crítica: Monger (2016), de Jeff Zorrilla

Monger (Argentina – 2016)

Dirección: Jeff Zorrilla / Producción: Natalia Cortesi, Fernando Dominguez / Fotografía: Emiliano Cativa / Música: Hernán Hayet / Edición: Jimena García Molt / Duración: 72 minutos.

Este documental observacional une en la actual Ciudad de Buenos Aires el derrotero de tres personajes atravesados por la misma subcultura, el “mongering” (turismo sexual en países del tercer mundo).

José Reyes es un yankee treinteañero que viene a completar aquí su auto regalo de cumpleaños “cogerme las 15 que me faltan para llegar a las 400” cifra que ya viene abultando desde las playas de Costa Rica, y Buenos Aires es su destino  pues “aquí en Argentina podés cogerte a una mujer por menos de lo que cuesta una cena”. Ramiro es un estadounidense que hace más de 15 años reside en argentina, hoy ya tiene 50 años y maneja un sitio web de turismo sexual del cual será cliente José Reyes durante el transcurso del filme. Un provocador nato que lleva a un grupo de turistas al cementerio de Recoleta para mostrarles como los “estúpidos” llenan de flores la tumba de Evita “Esa puta comunista”. El tercero en cuestión es Alan, un británico de más de 60 que ha tenido un hijo del cual tiene la custodia, hoy ya de 8 años, cuya madre es una prostituta argentina. Su meta es volver a su país y “darle una mejor educación a mi hijo. Porque la Argentina es una mierda”. Pero debe conseguir que ella lo habilite legalmente, una cuestión no tan fácil de resolver por más que ella sea tan solo “una prostituta”.

El realizador de este documental es Jeff Zorrilla un norteamericano que reside en Argentina desde hace 6 años. Su padre cubano le enseñó de niño a hablar español y su formación cinematográfica la realizó en Nueva York. Ya instalado en Buenos Aires se inserta en el ámbito del cine independiente y se siente atraído por la pluralidad de temas y estilos. Conoce aquí a su actual esposa y productora de su ópera prima “Monger” este primer largometraje no ficcional al cual nos dedicaremos a desmenuzar.

Si primero ponemos bajo la lupa el trabajo del director, su punto de vista, su procedimiento y su estética podrimos echar luz sobre algunas cuestiones nada menores, que definen la posición del director frente al espectador y el lugar al cual este es convocado para resolver la compleja temática que el filme nos presenta.

Jeff respeta durante toda la película la postura observacional en un doble juego de distancia objetiva, pues parece no plegarse a nada en particular y observar todo desde la misma intención de neutralidad, y a su vez hay una gran cercanía pues la cámara acompaña a cada personaje como “respirándoles en la nuca” dejándonos acceder a todos sus pensamientos, sus acciones, sus miradas, y hasta podemos escuchar sus conclusiones más aberrantes acerca de las relaciones, la mujer, el sexo y el valor del dinero por sobre todas las cosas.

Filmada en un 70 % en formato digital, el filme contiene intervenciones en Super 8, querría aclarar que el director pertenece en Buenos Aires a “El club de Super 8” donde filman en este icónico formato y revelan en el conocido “Arco Iris” un laboratorio casero que lleva décadas instalado en San Telmo. Quienes estamos cerca del universo de la realización sabemos que el Super 8 es un atrapante soporte y a su vez un fetiche, no es casual que Jeff nos refiera “Yo usé mi fetiche para hablar de otro fetiche más complejo”

Volviendo al uso del mismo en el filme, este no solo es de maravillosa factura visual sino que a través de esas transiciones analógicas incluye el uso alternado de distintas voces en off que nos explican con mayor precisión la significación del “mongering”, la ideología de los monger y la idiosincrasia que sostiene esta práctica ritual donde debemos entender que “el tajo que tienen las mujeres entre las piernas no es más que una mera mercancía”.

En un fragmento del filme el realizador se detiene y nos hace ver una placa definiendo la etimología de la palabra en inglés: MONGER alguien que genera desagrado social. Debo referir que en algunos diccionarios de habla castellana se lo relaciona con la palabra traficante o trata.

El “mongering” tiene fuertes bases en Estados Unidos y es una subcultura que se difunde a través de web privadas que comparten información de cada país, tipo de mujeres, costos,  hasta compiten entre sí por cantidad o calidad de “adquisiciones sexuales”. Obviamente el auge del “mongering” se reafirma a través del uso masivo de Internet y siempre hablamos de “comprar sexo”, no de generar un encuentro sexual libre de intercambio monetario, pues como diría uno de sus participantes “lo importante es que sea del bueno y barato”. Como dice Jeff “nadie quiere pagar un par de cervezas a una chica gastar 6 dólares o 50 en una cena y no lograr ni que te den un beso”.

Queda claro que para un “consumista con poder” es mejor pagar por tener sexo que crear un vínculo con alguien, dios nos salve del peligro de las relaciones humanas entonces!

“El neo liberalismo una coyuntura muy actual, la gente cree que se puede comprar todo y las relaciones humanas TODAS se transforman en una mera transacción material” esto dice Jeff en una entrevista radial sobre su posición en este tema paradojal.

Es claro también que no quiso dar una bajada de línea, una respuesta taxativa o una tranquilizadora y que dejó toda la carga moral en nuestras manos, la tarea de reflexionar, la de debatir y la de interpretar. Solo nos queda hurgar entre nuestras herramientas más personales, y sin proferir frases hechas tratar de repensar la realidad, esta realidad que se nos pone a la vista, inevitable, cáustica, desagradable pero innegable.

No puedo negar que la visualización de Monger me resultó muy perturbadora, y salir de ese estado de neblina emocional para pensar me llevó varias horas de varios días. Entre un pensamiento y otro, se me impuso la frase ya citada : “el tajo que tienen las mujeres entre las piernas no es más que una mera mercancía”, recordé a Karl Marx y su teoría de la mercancía y el valor de uso.

“El valor de uso de un objeto es su capacidad para satisfacer alguna necesidad humana, y el valor de cambio es el valor que un objeto tiene en el mercado y que se mide solo en dinero, en términos puramente cuantitativos. Hay objetos que tienen valor de uso pero no valor de cambiolos sentimientos y el propio cuerpo humano –  pero la tendencia de las sociedades de explotación es hacer de todo objeto algo que sirva para vender y comprar, es decir una mercancía”. (Karl Marx “El Capital”)

Marx es genial en su definición, excede su teoría la idea de izquierda o derecha, pues analiza un modus operandi del sujeto instalado en el sistema de más rabioso capitalismo porque un objeto puede ser consumido aún en las más cuestionable condiciones de uso: una hamburguesa de Mc Donalds, un café de Starbucks, una cápsula Nesspresso o un huevo kínder, ya que detrás de esos objetos hay casi siempre todo un sistema de opresión de poder que “hacemos que desconocemos por un rato”, cuando sabemos que trabajan en condiciones inaceptables un montón de personas para que nosotros podamos consumir “el cafecito en donde George Clooney nos sonríe en la publicidad”. Pero hay algo claro, el café que me tomo es un OBJETO, pero la mujer, el hombre, el niño, el adolescente o quien esté de turno para ser consumido como mercancía sexual es un SUJETO.

Un SUJETO no debería ser mercancía, pues no es OBJETO, pero la gran problemática que nos impone la todopoderosa diosa del sistema neoliberal es que podemos transformar en objeto cualquier cosa, todo, puede ser mercancía, y como dice una de los personajes del filme cuyo rostro no vemos, hasta puede serlo el amor. “El arte es superar el obstáculo de que esto es real. Esto no es real. La mejor chica es la mejor actriz. Lo mejor para una chica sería conseguir un novato o quizás algún tipo que se acaba de divorciar  y que tiene un montón de plata y convencerlo de que eso que ella te dice es verdadero amor, y después te dice ¿Puede mandarme algo de plata? Entonces él llega a casa y empieza a enviarle dinero. Y el tipo dice: No quiero que sigas haciendo esto, quiero que te quedes en casa con tu bebé y yo te voy a mandar plata. Ella acepta la plata, pero eso no significa que se quede en casa. Y cuando se entera que hay dos o tres tipos mandándole plata, eso es devastador. Algunos hombres me escriben y ya sé lo que me van a decir, mi chica es diferente. Pero no, no lo es”

Algunos podrán preguntarse dónde queda el rol de la mujer en toda esta historia, en la que nos cuenta un personaje oculto inventado una historia posible como repetida o en el documental en su totalidad, indudablemente en el mismo lugar que estos hombres, en un lugar cosificado, marginal, mercantilizado, vacío, y esclavizante.

Estos hombres que alardean unos dólares son esclavos del sistema, no son sujetos libres – si es que puedo decir de ellos sujetos – pues se han cosificado son “el billete” que poseen antes que otra cosa, y eso los une a ellas “ese objeto de cambio” detrás del cual ellas quedan disueltas fantasmáticamente, jugando el peligroso juego de ser un “objeto” tan solo por un rato.

Imposible, el trato a ambos les cuesta mucho más que un par de horas. Y a la sociedad le cuesta mucho más de lo que parece, aunque parezca ser un precio que hace siglos se paga por este juego, es importante ver cómo crece este modelo mercantilista en tanto la diferencia de clases sea alimentada por el mismo sistema.

Primer mundo y tercer mundo sin esta radical diferencia, habría que pensar en lo caro que costaría el mongering. Quién sabe si sería un buen negocio turísitico o ya no.

Por Victoria Leven
@victorialeven

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