Crítica: Licorice Pizza (2021), de Paul Thomas Anderson

Licorice Pizza (Estados Unidos – 2021)
Estreno en cines

Dirección y guion: Paul Thomas Anderson / Fotografía: Michael Bauman y Paul Thomas Anderson / Edición: Andy Jurgensen / Música: Jonny Greenwood / Diseño de producción: Florencia Martin / Intérpretes: Alana Haim, Cooper Hoffman, Sean Penn, Tom Waits, Bradley Cooper, Benny Safdie, Joseph Cross, Christine Ebersole, Mary Elizabeth Ellis, Skyler Gisondo, Harriet Sansom Harris, John Michael Higgins, Moti Haim, Donna Haim, Este Haim, Danielle Haim, John C. Reilly y Maya Rudolph / Duración: 133 minutos.

Si queremos vivir la sensación de una fiesta, del festejo que el cine puede crear con su propio lenguaje en un mundo de 70mm, Licorice pizza es, sin duda, la fantástica y setentosa bola de espejos que ilumina nuestros ojos con fragmentos hechos de reflejos de múltiples colores, y como es la fiesta mágica del cine nos inunda de infinitos sonidos y texturas musicales.

De sus múltiples capas de homenajes al cine que este filme contiene, no me detendré hoy aquí a enunciar el listado, de guiños, citas y reverencias amorosas que Anderson le hace al cine dentro del cine. Prefiero en cambio volver a sumergirme en la cadencia maravillosa de su narrativa, donde el equilibrio que construye esa constante fluidez se basa en el juego del echar a andar un devenir y dejar que oscile entre orden y el caos, sin perder nunca la línea del esencial sentido del relato.

Un sentido que suele estar siempre hecho de varias capas de sentido – valga la redundancia – capas de reflexión sociológica, capas de indagación sobre lo vincular, capas construidas sobre lo puro de la espacialidad y la temporalidad, capas evidentes – visibles y audibles –  y materiales inmateriales, subtextuales, esas que urden un tejido entre trama y trama del tejido narrativo.

Juega son la digresión y ama la ordenada composición, abre hilos de escenas que podrían caer en el estereotipo y crea sobre ellas, lo imprevisible, lo inesperado, lo lúdico de este filme.

Si nos remitimos mínimamente a los protagonistas, Alana y Gary, por un lado, Alana es cantante y no actriz por lo que es todo un hallazgo en esta elección, y Gary, es ni más ni menos que el hijo de nuestro tan amado Anderson Philip Seymour Hoffman. Por lo que ya en esta selección de ambos hay una plena intención de salir de todo lugar común.

La trama amorosa, se basa en jugar con el impedimento del encuentro del eros, ya que entre Alana – hija de familia ortodoxa judía – y Gary – joven actor y emprendedor sin padre presente – existe una barrera de 10 años de diferencia. Una excusa ideal que podría caer en el cliché pero que Anderson exprime para mostrarnos en este coming of age, como cada uno crece junto al otro, a pesar de esta aparente distancia etaria.

Donde lo que construye la idea del amor no es la fatal atracción sexual, ni la idealización romantizada, ni la idea de la media naranja, por el contrario, todo se construye sobre cuatro elementos básicos – que los acerca más a la idea madura del amor que a la de la una novelita adolescente- el compañerismo, la necesidad del uno por el otro, la complicidad y la entrega.

Anderson hilvana con hilo de seda este vínculo que oscila entre acercamientos y alejamientos, como en toda comedia romántica, pero no sobre la obviedad del desencuentro forzado, sino sobre estas bases que son más sólidas que cualquier relato de encantamiento. Si algo los une y los separa es que cada uno es un ser en sí mismo, con sus búsquedas y sus temores, sus fantasías y sus luchas. Por lo que el amor es un juego de dos, siempre dos distintos, y el territorio en el que el uno se funde en el otro, dejando de ser quien era o quien será.

El amor existe tanto antes del primer beso, tanto antes, que cuando llega no hay corridas que alcancen para atraparlo y soñar que, juguemos con las fantasías de este final abierto, sea para toda la vida.

Por Victoria Leven
@LevenVictoria

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