Crítica: La valija de Benavidez (2016), de Laura Casabé

La valija de Benavídez (Argentina – 2016)

Dirección: Laura Casabé / Guión: Laura Casabé y Lisandro Bera, basado en un cuento de Samanta Schweblin / Fotografía: Mariano Suárez / Edición: Martin Blousson y Laura Casabé / Música: Gillespi / Intérpretes: Jorge Marrale, Guillermo Pfening, Norma Aleandro / Duración: 80 minutos.

PERVERSIDAD AURÁTICA

“Su obra es maravillosa”, lo adula Beatriz y la pequeña elite designada específicamente para presenciar la exhibición del último trabajo de Benavidez estalla en aplausos y elogios. Entonces se produce una doble revelación: por un lado, aquella en la que deviene el final de la película; por otro, en el clímax de una lectura siniestra y contundente sobre la banalidad y mercantilización del arte.

Dicha lectura, que atraviesa todo el filme de Laura Casabé basado en el cuento de Samanta Schweblin, tiene como pilares a los socios de la residencia artística –el psiquiatra y la marchant– pero necesita también de los numerosos personajes secundarios como el grupo manipulable que asiste a las exhibiciones, los propios artistas y el motivo de la valija perdida.

Resulta interesante el trabajo estético de La valija de Benavidez como, por ejemplo, las escenas donde se vuelven visibles las confesiones terapéuticas de Benavidez o la incorporación tecnológica.

Al mismo tiempo, la directora despliega una fuerte impronta poética, cuyo punto de fusión con lo estético se encuentra en la figura del laberinto y en su doble sentido: por un lado, en ese pasaje físico, artístico y mental por el que atraviesa el protagonista; por otro, encarnado en la residencia como escenario fantástico y perverso.

El juego macabro de callejones sin salida, puertas ocultas, personajes extraños e infinitos pasadizos de la mansión se disuelve como entidad física. Ahora, el laberinto se vuelve su propia esencia.

Por Brenda Caletti
@117Brenn

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