Crítica: La casa junto al mar (2017), de Robert Guédiguian

La casa junto al mar / La Villa  (Francia – 2017)

Dirección: Robert Guédiguian / Guion: Robert Guédiguian y Serge Valletti /  Fotografía: Pierre Milon / Montaje: Bernard Sasia / Elenco: Ariane Ascaride, Jean-Pierre Darroussin, Gérard Meylan, Jacques Boudet, Anaïs Demoustier y Robinson Stévenin / Duración: 107 minutos.

En su vigésimo filme y con 64 años de edad Robert Guédiguian, un sutil narrador de la cinematografía francesa, nos trae en este juego un tema que hace tiempo es de preocupación central de su filmografía: la muerte. Como buen cineasta que logra generar variaciones sobre el mismo leit motiv, en esta historia pequeña propone una mirada multifacética sobre el tema: el temor a la muerte, la evocación de las pérdidas, la muerte que se acerca con su reloj fatal, no nos queremos separar de la vida, pero en cambio es posible que sepamos cómo elegiríamos morir.

Tres hermanos, Angele, Joseph y Bernard se reencuentran en la casa de su padre, anciano y con una enfermedad irreversible, no habla ni escucha y nada comprende a su alrededor. Podrá permanecer así quien sabe cuánto tiempo, meses, años. Hasta que la despedida sea total.

Ese eje tramático, tan simple en apariencia, va trayendo hacia nosotros la historia de cada uno de estos hijos, que transitan más de la mitad de sus vidas. Ellos nos revelan con sutileza cómo ven el futuro y cómo han vivido el pasado atravesados por los mismos temas: la mirada política sobre el mundo, sus orígenes de clase obrera, la muerte, el amor, la relación con sus orígenes y la relación con sus mandatos parentales después de 50 años de vida. La conservación o el cambio serán las dos perspectivas que le dan movilidad a la mirada de cada uno sobre sus padecimientos, sus imperativos y sus frustraciones.

Nos es casual que el Director haya construido este filme con su elenco de toda la vida, incluida su esposa Ariane Ascaride, ya que la fluidez y afinidad que se da entre los actores y los personajes suma una fuerza realista extra, más allá de los verosímiles ya ganados, ellos nos dan un plus de familiaridad: allí habita una familia sin duda alguna.

Angele, que ha hecho una carrera intensa y lejana a la vida de todos convirtiéndose en una actriz consagrada del teatro francés, es la misma que ha perdido a una hija de apenas 8 años y que jamás pudo resolver esa muerte accidental ni esa pérdida fatal. Hoy se encuentra con que el amor le da la chance de alejarse del devenir hacia la muerte y detener emocionalmente el tiempo de alguna manera imposible de detener.

“Todo tiempo pasado fue mejor” es la idea por la que, de alguna manera, se aferra a la nostalgia la mirada del hijo leal, el hermano que se ha quedado junto al octogenario padre todos estos años, allí en la villa, llevando adelante el mismo restaurant y los mismos valores, sosteniendo todo un universo de fantasmas y fantasías históricas. Hay en esa idea de conservación radical algo de muerte, un aferrarse a lo que debe mutar, tal vez hacia otro lugar a otra forma de vivir. Pero aquí en este filme no hay verdades absolutas ni seres errados y otros acertados, todos palpitan un universo de humanas contradicciones.

El otro hermano, que ha llegado allí con una joven pareja que está a punto de abandonarlo, hoy jubilado por obligación vive en un plano de retórica ya vacía de sentido, frases que evocan fantasías revolucionarias, textos que no tienen consistencia alguna sobre su vida real y sobre sobre sus circunstancias. Modificar algo de lo que el destino, la sociedad y las reglas sociales le han impuesto es algo que no logra materializar. El deseo es algo que late dentro suyo en un estado de confusión y pereza.

Como buen sociólogo que alguna vez fue el mismo realizador y un activo participante del Partido Comunista vemos como nos presenta dos planos narrativos que compiten por el primer plano: uno es de los personajes y sus mundos internos, acorde a un filme intimista, y por el otro está el relato de la Francia actual, de lo que no fue, de que se padece, del capitalismo, de la crisis de la clase obrera, de los valores morales y éticos, todo ese estandarte que se tambalea con el tiempo.

Como esta misma villa , intacta, al borde del mar … casi sin gente, con un barco que llega con el pescado fresco, viviendo ese tempo detenido y la rutina de todos que igual parece que avanza, se mueve, como un pez en el agua evitando caer en las redes de alguna trampa que los encuentre con la muerte.

Por Victoria Leven
@LevenVictoria

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