Crítica: La afinadora de árboles (2019), de Natalia Smirnoff

La afinadora de árboles (Argentina / México – 2019)

Dirección y guion: Natalia Smirnoff / Producción: Juan Pablo Miller / Edición: Valeria Racioppi / Música: Alejandro Franov / Fotografía: Fernando Lockett / Sonido: Nerio Barberis / Dirección de Arte: Carina Luján / Intérpretes: Paola Barrientos, Marcelo Subiotto, Diego Cremonesi, Matías Scarvaci / Duración: 101 minutos.

Narrar una historia sobre un personaje cuyo leit motiv es la tarea creativa, en este caso la de su protagonista Clara (Paola Barrientos) que es escritora de cuentos infantiles, se presenta aquí como un camino directo al tema de la creación y sus significaciones como un alimento, para el cuerpo y el alma.

Clara comienza la película harta de las cuestiones sociales que implican el sostén de su profesión, premios, negociaciones, y otros asuntos similares. Tarea en la cual la acompaña su marido (Marcelo Subiotto), abogado y representante. De este inicio en un ámbito social que se presenta incómodo para la protagonista pasamos a la mudanza en Ingeniero Maschwitz para arribar con sus dos hijos a una casa pletórica de naturaleza, que los rodea de lado a lado. Parece el paraíso de la calma y la fuente sagrada de la creatividad, pero veremos que Clara y porque no decir también su familia, de lo que carecen es de otra cosa, aquella que no está en la belleza serena del contexto.

En este relato de emociones internas y de trazos sutiles, también circulan algunos conflictos más explícitos, uno de ellos es la seguidilla de mails que Clara recibe de parte de su editora pidiéndole que cambie el final de su cuento en ciernes de ser publicado “El recolector de sillas”. ¿Qué tiene ese final de simbólico en este filme? En el final que defiende Clara su protagonista le dice a otro personaje que no quiere una silla “sino una rueda” cosa que para la autora significa el alimento de la libertad, mientras que la editora propone que el personaje pida “un alimento” para comer, crecer, un nutriente tangible. Clara se ríe y murmura ”Qué sabés vos lo que alimenta”… pero valga la paradoja Clara tampoco parece hallarlo en este momento de su vida.

Pareciera un simple debate autor/editor de esos donde empatizamos por default con quien ha creado la historia, pero acá realmente se esconde el tema de la película: la función de alguien como dadora de lo nutritivo, y la comida como símbolo histórico de la nutrición va a estar en juego en todo el filme, a la par de su fantasma complementario “que lo que nutre es lo que transforma el alma”. Este objeto dramático circula zizagueando por toda la trama, de manera directa o indirecta se juega todo lo que tiene que ver con la nutrición y sus derivaciones físicas y emocionales.

Clara regresa a su origen nutritivo, si podemos pensar así a la infancia, y ese es el espacio de Ingeniero Maschwitz, hogar de historias primeras. No es azaroso que aparezca entonces el primer amor (Diego Cremonesi) que no es ni más ni menos que carnicero para una Clara que ahora es vegetariana, valga el chiste, es claro que ese no puede ser su objeto de deseo hoy pero si reminiscencia de otros deseos pasados. Así es que el tema central cuando él la lleva a ver su madre que la recuerda como “la mejor de todas las novias” la acción que desarrollan es la preparación de la comida y los detalles sobre ese ritual. Pero este paisaje de alimento como objeto descriptivo de un mundo o mero plano contextual pasa a ser la piedra nítida del conflicto cuando descubrimos que Clara no puede resolver algo que define su función maternal: su hijo menor, el varón, no come. Y un médico aparece en escena para esclarecer que el pibe no está en riesgo, claro, no es un tema de vida o muerte, es un tema de aceptar el rol de nutricia de su madre, la reina del alimento espiritual de otros niños a través de sus cuentos. Por eso en una escena nada menor, cuando su hijo se niega a comer y Clara lo increpa su hija le replica “no seas hipócrita, si lo usás para escribir tus cuentos”. Pero Clara no va a lograr resolver sus temas de figura en el cuadro familiar, ni con su hijo, ni con su marido, ni con su hija. Estará más cerca de lograr alcanzar ese elixir en el plano de la sublimación a través del vínculo con otros niños.

El hermano de su ex novio es párroco y Clara comienza a frecuentar el comedor de la parroquia, encontrando justamente en el espacio de encuentro de los niños con su alimento de subsistencia otra puerta por la cual conectarse con la savia vital de la creación. Hay algo de salir del universo ombliguista de la clase media, y a eso se suma la posibilidad de ver en otros seres de mundos más lejanos aquello de lo que uno carece. Hay en esos chicos un espejo de otra forma de alimentarse y alimentar ese alma que necesita transformarse. Salir de la preocupación del libro editado en Europa, del premio como meta final, para encontrar algo transformador en el otro y no en uno mismo.

Paola Barrientos contiene la magia, la ductilidad y hasta la antipatía que por momentos nos genera su incapacidad de tomar las riendas, pero su hacer y su decir es tan humano como femenino y nada hay que poner en duda sobre su fuerza expresiva. Este filme constituye una serie de retratos de figuras femeninas sin panfletos ideológicos, pero llenas de preocupaciones que construyen ese universo casi inatrapable que se dispara a partir de la pregunta sobre qué es ser una mujer en este mundo, ayer, hoy y mañana.

Por Victoria Leven
@LevenVictoria

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