Crítica: Jeannette, La infancia de Juana de Arco (2017), de Bruno Dumont

Jeannette: La infancia de Juana de Arco / Jeannette, l’enfance de Jeanne d’Arc (Francia – 2017)

Dirección: Bruno Dumont / Guion: Bruno Dumont, Charles Peguy / Producción: Jean Bréha, Rachid Bouchareb, Muriel Merlin / Fotografía: Guillaume Deffontaines / Sonido: Philippe Lecoeur, Romain Ozanne / Montaje: Basile Belkhiri, Bruno Dumont / Dirección de arte: Erwan Le Gal / Musica: Gautier Serre / Interpretes: Lise Leplat Prudhomme, Jeanne Voisin / Duración: 105 minutos.

Voy a comenzar esta nota desde un lugar que no suelo elegir para un texto de esta índole: la primera persona. Pero no hay para mi pluma posibilidad alguna de narrar y analizar la experiencia que representa para mí este filme si no apelo a esas íntimas emociones y apreciaciones subjetivas del mismo día en que la vi. Es siempre definitorio, y ante todo genuino que el acto de ver una película sea una experiencia estética y ética a la que le sumamos consciente e inconscientemente nuestros singulares conocimientos y nuestra propia vida.

Era el día finalmente, una función nocturna de la sección TRAYECTORIAS del BAFICI N° 20, el de este mismo año. Esperaba ansiosa como una niña que llegara la hora de ver “Jeanette”, ya que hacía un año que sabía de su existencia y como amante del cine de Dumont y de la audaz idea de abordar la historia de Juana de Arco desde su infancia, todo me predisponía a imaginar que sería la más placentera de las experiencias fílmicas y que este filme se sumaría a la lista de los más preciados de mi vida.

Más allá de mi tarea profesional como escritora crítica, había decidido no empaparme de ninguna información previa sobre la obra, dado que había sido proyectada en Cannes ya circulaban textos de brillantes críticos que hablaban sobre ella, pero mi idea era entregarme en una suerte de estado casi virginal a lo que Dumont me deparara vivir en su relato. Solo sabía que era la infancia de Juana y que el formato elegido había sido el musical, otra osadía más.

Un paisaje austero de belleza extrema, hecho de un verde infinito, un cielo diáfano que abarcaba todo y una luz clara como divina se abrieron en la pantalla. Una niña vestida como una pastora, despojada de elegancia u ornamentos comienza a cantar. El shock perduró en mi ese rato en el que la escuchaba cantar a capela (no había playback) pues la niña cantaba en escena y casi sin fondo musical. Su voz algo desafinada sonaba más a un acto escolar que a un aria de una ópera rock, si es que esa era mi anhelada expectativa. La música, cuando entraba a escena era disonante y caótica pues no acompañaba con ninguna intención melódica o armónica los textos cantados por la niña.

La forma de sus frases sonaban algo medievales pero a la vez el contenido era mucho más actual, complejo y al mismo tiempo todo estaba fuera de época. Nada era coincidente, era una yuxtaposición de épocas y estilos, formas contrarias y ninguna belleza estilizada. Cuando ella se movía – si podemos decir bailaba – parecía más una mala clase de gimnasia que una danza musical, era intencionalmente torpe, y estaba siempre fuera de tiempo como si un fuera de sincro imaginario atacara toda la película. Los personajes que aparecían en escena aumentaban ese estado de desorden antiestético. Como cuando el dúo de monjas – que era más un dúo de cómicos tipo El gordo y el Flaco, que una pareja de personajes dramáticos – bailoteaban como si estuvieran haciendo pasos copiados de una disco de los 80.

El segundo acto con Juana adolescente incrementó la música heavy metal con movimientos de cabeza estilo “pogo” de recital, o guitarrista enajenado que toca en el escenario mientras revuelve sus pelos largos al viento. La complejidad de los pasajes cantados, en términos de la reflexión espiritual que Juana transita en la secuencia, cargaban de una densidad existencial tan intensa que por más liviana que pudiera ser la aparente escena y la forma lúdica de la puesta nada tenía la historia de ingenua. Entre los personajes imposibles está el tío que viene a su llamado y rapea mientras canta haciendo la medialuna al mismo tiempo, al igual que Juana que entre sus piruetas de colegio secundario y sus sacudidas de pelo expone un mundo de emociones y contradicciones místicas.

Ahora me avoco a retomar el filme y repasar la forma de la trama general: Jeanette con tan solo 8 años y al cuidado del pastoreo de sus ovejas se entera de la injusta batalla entre Inglaterra y Francia. La angustia hasta lo más hondo las noticias del padecimiento de su gente. Tan solo siendo una niña se dispone a pensarse como guerrera e ir a la lucha en defensa de su pueblo. La fuerza de la niña que se hace joven está impregnada de una fe superior, de una fuerza mística radical que no podrá detener sus pasos hacia la batalla para convertirse finalmente en: “Juan de Arco”.

Han pasado meses de aquel primer visionado sorprendente y contradictorio, intenso y enloquecedor a la vez. Las imágenes del filme no desaparecen de mi memoria, de mi retina, con las impresiones nítidas de algunos cuadros y escenas fotografiados por la magistral luz de Guillaume Deffontaines. Hasta vuelven a mi oído ciertos pasajes musicales demenciales de ese rock metálico de “Igorr” que me resuena un estilo de hace décadas atrás, pero que en su golpe repetido tiene una densidad oscura que termina siendo locamente medieval.

Un musical atípico no cabe duda, una película rara si las hay. Filmada casi toda en planos enteros y generales picados desde el cielo o contrapicados desde la tierra, todo es el hecho de huir de los cortes a esos típicos planos cerrados que ilustrarían una clásico musical o una ópera rock más bien hollywoodense.

La profundidad extrema y extraña de los textos, ese intenso debate teológico en el que se pujan las fuerzas del mundo interior de Juana, se debe a la fuente de inspiración que el mismo Dumont ha usado para el guión partiendo de las obras teatrales “Jeanne d’Arc” (1897) y “Le Mystère de la Charité de Jeanne d’Arc” (1910), dos trabajos que desarrollan el tema personal de la conversión al catolicismo del escritor socialista Charles Péguy. O sea, un planteo de textos poéticos que describen una lucha interna infernal.

Hay filmes que piden tiempo para ser procesados, filmes que no se entregan a todos los espectadores con fácil acceso, filmes que renacen contemplados a la distancia, repensados, recordados, revisitados por la memoria.

Más aún cuando el nivel de provocación, disrupción, tratamiento anticanónico y quiebre de la organicidad armónica dominan el tratamiento estético de una obra que propone cierto quiebre de vanguardia formal en todas sus decisiones.

Entre todo esto, me quedará en la perpetuidad esa imagen pura y profunda de una niña que se pregunta a sí misma por sí misma, en el medio de un paisaje minimalista, de líneas verdes, cielos prístinos y la inmensidad que la profundidad de campo intensifica, descubriendo en ese páramo el lugar más místico que me podría haber imaginado.

Por Victoria Leven
@levenvictoria

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