Crítica: J´accuse (2019), de Roman Polanski

Foto: Guy Ferrandis

J´accuse (Francia – 2019)

Dirección: Roman Polanski / Guion: Robert Harris, Roman Polanski / Producción: Alain Goldman / Música original: Alexandre Desplat / Fotografía: Pawel Edelman / Montaje: Hervé de Luze / Intérpretes: Jean Dujardin, Louis Garrel, Emmanuelle Seigner, Grégory Gadebois, Hervé Pierre, Wladimir Yordanoff, Didier Sandre, Melvil Poupaud, Mathieu Amalric, Laurent Stocker, Eric Ruf, Vincent Pérez, Michel Vuillermoz / Duración: 126 minutos.

J´acusse (2019), traducido en algunos lugares de nuestro país como El oficial y el espía, del ya controversial y polémico Roman Polanski (El Pianista, Oliver Twist, El escritor oculto), se alzó con el Gran Premio del Jurado de la Mostra de Venecia durante el año de su lanzamiento. El filme gira en torno a la persecución ideológica, el odio racial, la condena mediática, el linchamiento público, en definitiva, la búsqueda de un chivo expiatorio dentro del Ejército en un contexto de una Francia nacionalista, antisemita y proto-fascista.

EL CASO DREYFUS

Alfred Dreyfus (Louis Garrel), judío y oficial de artillería, es acusado injustamente de alta traición por pasar información secreta a los altos mandos alemanes. No hay pruebas contundentes, apenas un papel hecho pedazos que será reconstruido como evidencia del caso. Dreyfus es sometido a la humillación pública de ser degradado en una ceremonia presenciada por 20.000 ciudadanos, las tropas, y el periodismo, en la que será despojado de las insignias y de su sable que será partido en dos.

Georges Picquart (Jean Dujardin), antiguo profesor de Dreyfus y antisemita confeso, será ascendido a coronel y pasará a estar a cargo del Servicio Secreto Francés de Contraespionaje, reemplazando a su anterior jefe, el coronel Sandherr (Eric Ruf) apestado por sífilis, sinécdoque sutil del estado en el que se encuentra el cuerpo de oficiales de esa misma institución. Mientras agoniza Sandherr le encarga a Picquart, algo escalofriante, que disponga de una lista de opositores políticos que deben ser detenidos y arrestados para la purificación de la nación…

EL CHIVO EXPIATORIO

Antes de abordar el filme, sería oportuno comentar el contexto histórico social en el que se desarrollaría el ya legendario affaire Dreyfuss. En 1892 corrían aires antisemitas volcados en periódicos nacionalistas que advertían el peligro de que los judíos dentro del ejército llegaran a altos puestos de mando. Dreyfus, para su desgracia, siendo el único judío dentro del Ejército, tenía el perfil que los altos mandos estaban buscando. Era perteneciente a Alsacia, un territorio francés de habla germana que se disputaban las dos potencias.

El sacrificio del chivo expiatorio pone fin a la crisis porque todos están de acuerdo con que esa persona sea sacrificada. A través del sacrificio del chivo, en este caso, la condena a Dreyfus, se canaliza la violencia y se la enfoca en un solo individuo considerado responsable del caos, del problema, de la crisis institucional. Se logran así dos objetivos, uno, descomprimir la tensión, evitando por ejemplo una guerra civil o una crisis institucional, y por otro, se cambia el foco de atención del verdadero problema.

El 15 de octubre de 1894, el oficial Dreyfus asiste a una reunión en el Ministerio de Guerra. El general Du Paty, finge haberse herido la mano derecha con el fin de forzar a Dreyfus a que escriba una nota por él. Apenas redactada, la lee en voz alta, y de inmediato ordena su detención. La prueba en su contra resultaría ser la similitud de su caligrafía con la letra de un bordereau, una breve nota escrita en una hoja. Ese bordereau había sido rescatado de un cesto de papeles en la embajada alemana en Paris. La nota ofrecía enviar informes sobre la artillería francesa a la embajada germana. Esta nota se convertirá en la única prueba de cargo en contra de Dreyfus.

EL PROCESO

Lo verdaderamente fascinante del filme es la obcecada voluntad del Teniente Picquart de seguir adelante la minuciosa investigación aún a costa de su carrera y de su propia vida. Un año más tarde de la reclusión de Dreyfus en la Isla del Diablo, la Sección de Estadística interceptó una nota del embajador alemán dirigido al comandante de infantería Ferdinand Esterhazy. En un primero momento Picquart creyó que había otro espía. Pero al cotejar las notas con el manuscrito de Dreyfus, se dio cuenta de que el autor de todas las notas era Esterhazy. Cuando reveló la verdad, tuvo que soportar una campaña en su contra dentro del cuerpo del ejército que lo envió a luchar a Túnez, con la esperanza de que lo mataran en el campo de batalla. Sin embargo, cuando vuelve de África, el Coronel Picquard decide seguir adelante con la investigación del asunto Dreyfus, arriesgando su carrera, prestigio, y hasta su propia vida.

Lo que pondrá de manifiesto, durante su larga pesquisa de doce años, es el entramado de complicidades entre los altos mandos para el encubrimiento de culpables como Esterhazy, el espía por cuyo crimen Dreyfus está purgando condena, y la voluntad de sepultar la verdad y fabricar documentos, incluso falsificarlos, valiéndose de declaraciones, falsos testimonios, que serán las pruebas para condenar a un inocente.

La tensión del filme, a pesar de cierta morosidad, está dada por el riesgo creciente que corre Picquart a cada paso, en cada esquina, el mismo riesgo que corren todos aquellos que lo acompañan por las bellísimas callecitas parisinas, tan fielmente reconstruidas, como el vestuario que revive la atmósfera de la glamorosa Belle Epoque.

El coronel Henry, que se atrevió a confesarle a Picquart que falsificó pruebas contra Dreyfus, aparecerá convenientemente suicidado en prisión. Correrá la misma suerte una de las piezas fundamentales para la defensa de Dreyfus, que será asesinado de un tiro por la espalda a pocos metros de los tribunales.

J’ACCUSE

En 1898, Emile Zola (Andre Marcon), publicará un alegato, una carta abierta al presidente Félix Faure, llamado J’accuse, que será publicado en el diario L’Aurore.

Esa sola escena es de una contundencia fenomenal, el gran escritor Emile Zola interpela desde la letra escrita, cada columna es encabezada por el nombre del oficial a quien acusa, a todos y cada uno de los culpables, directa o indirectamente, de la condena a reclusión perpetua que sufrió injustamente Dreyfuss.

El director se vale de un recurso extraordinario. Hace un primer plano de los funcionarios involucrados en el caso, mostrando el estupor, la ira y la indignación al ver sus nombres impresos en un diario que tuvo una tirada de 300.000 ejemplares, por única vez, debido al escándalo.  Los oficiales quedaron así expuestos públicamente, envueltos en el escándalo, al ser acusados de la causa que ellos mismos contribuyeron a armar amparados por el ejército en contra de Dreyfus.

Lo espectacular del caso, y la consternación que provocó en todas las capas de la sociedad francesa al conocerse la verdad, no sólo sacudió los cimientos de las instituciones en su totalidad, sino que provocó una grieta insalvable entre sus ciudadanos. A partir de entonces la sociedad se dividirá en dos bandos, el que estaba a favor de Dreyfus, y que sostenía los ideales de igualdad y justicia de la Revolución Francesa, entre los que se encontraba el escritor Emile Zola, y los del bando contrario, la Iglesia, el ejército y los nacionalistas que arengaban su odio al socialismo, y muy especialmente a los judíos. Todos ellos se aglutinaban en un solo partido de extrema derecha, la Acción Francesa que lideraba Charles Maurras, que años más tarde, al final de la Segunda Guerra Mundial, acusado de alta traición, al haber sido colaboracionista nazi en Vichy, y ante la caída del régimen fascista, gritará: “¡Esta es la venganza de Dreyfus!”

Por Gabriela Mársico
@GabrielaMarsico

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