Crítica: En los 90 (2018), de Jonah Hill

En los 90 / Mid90s (Estados Unidos – 2018)

Dirección y Guion: Jonah Hill / Producción: Jonah Hill, Eli Bush, Ken Kao, Scott Rudin, Lila Yacoub / Fotografía: Christopher Blauvelt / Edición: Nick Houy / Música original: Trent Reznor, Atticus Ross / Intérpretes: Sunny Suljic, Katherine Waterston, Lucas Hedges, Na-kel Smith, Olan Prenatt, Gio Galicia, Ryder McLaughlin, Alexa Demie / Duración: 85 minutos.

Hay películas sobre jóvenes, sobre la juventud, sobre el crecimiento, esas denominadas coming of age que cambian notoriamente su perspectiva según los ojos que se posen sobre esa etapa de la curva vital. En este caso, en Mid90s, no es solo el relato sobre la vida de un joven sino que la mirada sobre ese momento también es juvenil y fresca. Jonah Hill debuta en esta historia como realizador independiente, pero sus virtudes actorales ya las pudimos disfrutar en filmes como El lobo de Wall Street (Martin Scorsese/2013), No te preocupes no irá lejos (Gus Van Sant/ 2018) y El juego de la fortuna (Bennet Miller/ 2011) entre otras decenas de títulos donde Jonah nos demuestra su gran versatilidad.

Uno de los aspectos más singulares de En los 90 es que combina una manera joven de mostrar las emociones de sus personajes y el contexto donde crecen los temores y los deseos de pertenencia, al mismo tiempo que desarrolla un estilo formal con rastros clásicos: preciso, simple y narrativo, sin grandes ínfulas ni grandilocuencias. Así construye la polaroid de una década y de su propia juventud, pero aun cuando la trama es tangencialmente autobiográfica no va de ese tema el derrotero de su apuesta, y festejamos que tampoco tenga intenciones pedagógicas, ni lecciones psicologistas de manual conductual.

En este relato prevalece una mirada amorosa sobre los personajes y sus vivencias, seres que padecen una cierta dolencia, de esas en las que vemos como los integrantes de una familia arrastran sus carencias con una venda en los ojos. No son monstruos de una tragedia sino el retrato naturalista de lo fallida que puede ser la imagen de una familia.

Es inevitable recordar la primera escena del filme que impacta con certeza, un golpe visual de violencia familiar entre hermanos con una madre que circula como en suspenso, impotente. El protagonista es Stevie un adolescente de 13 años de un suburbio de Los Ángeles en los años 90. Él como hijo-hermano menor de la familia es quien nos marca el camino de la revelación en este filme de crecimiento pubertario. Stevie está buscando su lugar en mundo fuera de la casa parental donde no puede construirse a si mismo completamente. En esa búsqueda azarosa el mundo de los skaters lo atrae y ese clan lo termina incluyendo en un nuevo universo juvenil. En ese contexto de chicos singulares con padecimientos familiares y ganas de entender que es vivir, Stevie descubre la figura del liderazgo, la capacidad de perder el miedo, la sexualidad y algunas transgresiones menores que lo hacen sentirse “un pequeño gran hombrecito”.

La vida de Stevie y de sus amigos tiene claroscuro, pero no abona a hacerlos transitar ninguna vivencia verdaderamente cruenta o límite. Tal vez el relato peca de discurrir con liviandad o blandura a las angustias juveniles y eso puede quitarle algo de hondura a las emociones de esa intensa etapa de la vida.

El trabajo visual del filme es rico en su sencillez, trabaja con precisión su capacidad de encuadrar la vida de esos personajes, el tratamiento estético de los espacios, el uso de los primeros planos y ante todo la evasión de una narración visual efectista o de golpes bajos. La música funciona como otra capa de narración, los ritmos musicales del hip hop vibran en la diégesis y van de la mano de esos personajes que hacen una vida propia entre el ritmo de la música y sus saltos en skate.

Ojalá este paso en la carrera de Jonah Hill sea el umbral a un cine hecho con simpleza pero con autenticidad.

Por Victoria Leven
@LevenVictoria

75%
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