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Crítica: El futuro que viene (2017), de Constanza Novick

El futuro que viene (Argentina – 2017)

Dirección y guion: Constanza Novick / Intérpretes: Dolores Fonzi, Pilar Gamboa, José Manuel Yazpik, Valeria Lois, Flor Dyszel, Charo Dolz Doval / Fotografía: Julián Apezteguía / Edición: Rosario Suárez, Gonzalo Del Val / Producción: Lisandro Alonso/ Duración: 85 minutos.

Estructurada a modo de tríptico, la ópera prima de Constanza Novick inicia en los años ochenta correctamente recreados, donde Los Parchís son la banda sonora de una pubertad que se avecina entre el primer beso, la coincidencia en los gustos amorosos y una televisión que funciona como centro gravitatorio para las risas y las complicidades entre dos mejores amigas. El siguiente acto las reencuentra recién a sus veintipico. Una decisión bastante lúcida la de no inmiscuirse en la adolescencia plena, lo que le hubiese costado tal vez desviarse del foco de la película para poner más atención en la formación de las personalidades.

Después de pelearse con su novio mexicano, Florencia (Pilar Gamboa) regresa al país convertida en una exitosa escritora a la espera de firmar contrato para una saga y aterriza en lo de Romina (Dolores Fonzi), a quien -muy a la inversa- los años la ubicaron detrás de una computadora en una oficina de la AFIP, le dieron un marido y la tormentosa inexperiencia de ser madre primeriza. Este paréntesis que se repetirá una vez más cuando la vida las encuentre pisando los cuarenta, a una casada, a la otra divorciada, pero las dos reviviendo la infancia como madre de sus hijas, es uno de los mayores logros de la directora, quien construye a base de tres instantes precisos la coraza de una amistad que sobrevive a cualquier calendario, discusión, lucha interna o diferencia.

Con una trayectoria construida por completo en la pantalla chica -donde fue guionista de reconocidas telenovelas como El sodero de mi vida, Son amores y Soy tu Fan– la incursión en el cine de Novick, más que un reto o una exigencia, termina siendo solo otro vehículo más para narrar. En este caso, para hablar de un vínculo tan sagrado y universal como es la amistad. De hecho, la historia fue pensada en un principio para el teatro. Por eso, no es casualidad que gran parte de la película se mueva en espacios cerradísimos. Que el telón de la película se abra y cierre con las protagonistas bailando. Y que los diálogos (que van desde conversaciones sobre amoríos, el trabajo y la maternidad, hasta alguna frase televisiva de la infancia grabada en la memoria que vuelve siempre al presente como hilo conductor) se vayan dilatando para mostrar los matices y las diferentes intensidades que puede alcanzar la relación.

No hay dudas de que la dupla elegida se complementa con una naturalidad que hace que no caiga jamás en el melodrama edulcorado de pañuelos y llanto gratuito como bien nos tienen acostumbrados varias tramas sobre la amistad femenina. Dolores Fonzi, quien viene de participar del thriller político La Cordillera, se acomoda al personaje impulsivo, despistado, por momentos irritante de Pilar Gamboa, como una compañera metódica y reflexiva; siendo capaz de sostenerle la mirada con los ojos a punto de saltar de las cuencas y así y todo guardarse la bronca y las palabras. El futuro que viene es la prueba certera de que la actuación cuando está bien hecha, cuando fluye, cuando los cuerpos hablan más y mejor que la lengua, excede cualquier formato. Pasarán los maridos, partirán las madres y por más intermitentes que sean los reencuentros, siempre quedarán las verdaderas amigas como testigos vivientes de la propia biografía.

Por Felix De Cunto
@felix_decunto

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