Crítica: El enemigo interior (2016), de Eran Kolirin

El enemigo interior / Me’ever Laharim vehagvaotaka (Israel – 2016)

Dirección y Guion: Eran Kolirin / producción: Diana Elbaum, Sebastien Delloye, François Touwaide, Michael Weber, Viola Fügen / Música: Asher Goldschmidt / Fotografía: Shaai Goldman / Intérpretes: Mili Eshet, Noam Imber, Shiri Nadav Naor, Alon Pdut / Duración: 90 minutos.

El que mucho abarca poco aprieta, dicen. Y también confunde. El enemigo interior contiene algún acierto y varios problemas. Eso la convierte en una película tibia, si se quiere, un pálido clon de Haneke. Eran Kolirin no se despega nunca del discurso sugerido y abandona todo atisbo de imagen sugerente. En el resultado, prima un ambiguo punto de vista en torno a la alteridad y poco cine.

Dentro del abanico de temas y situaciones que amontona el director, aparece la pantomima familiar. De hecho, la cuestión de las apariencias irrumpe desde el comienzo con una fiesta bastante patética para homenajear al padre que deja el ejército luego de varios años. Mientras se desarrolla el festejo, la hija se aparta, se aburre. La madre participa, pero siempre estará más interesada en su profesión y en compartir tertulias intelectuales. El hijo es impulsivo y bastante bruto, como el padre. Es decir, el mundo familiar tiene más agujeros que un colador. Antes que intensidad, los vínculos mostrados forman parte de una gélida paleta de gestos y palabras, de actos que no harán más que confirmar la frustración de cada uno. Dentro de este cuadro, las dos mujeres intentarán cruzar las fronteras de ese universo alienante, llevadas por el deseo sexual. La hija entabla amistad con un árabe; la madre se encama con un estudiante. Y eso tiene un costo que significará caer en las manos de los organismos de control. Uno es el Estado. El padre es informado de las actividades de su hija y acepta participar de una maniobra de espionaje. El otro ente carnívoro es la red social. El romance profesora/alumno queda viralizado.

La otra pantomima es social. El padre debe lidiar con el empleo del tiempo y con la necesidad de que ganar dinero justifique su existencia. Por eso asistimos a la otra representación, un show marketinero en el que el pastor oficiante convence a sus fieles de la importancia de ser un ganador. La impotencia del jefe de la familia para cumplir con esa misión lo lleva a expresar su amargura a los tiros en una colina (espacio que funcionará en reiteradas oportunidades como el límite entre la civilización y la barbarie), con la mala suerte de que matará a un obrero musulmán. La veta policial quedará relegada, como tantas líneas abiertas en la película, al igual que los otros conflictos. En todo caso, una última pantomima (un recital al que asisten los cuatro integrantes de la familia, porque el show debe continuar) servirá como una excusa para tapar no solo las miserias personales, en el mejor de los casos, sino los baches de un guión incapaz de eludir demasiadas pretensiones.

Más allá del saludable gesto de ambigüedad de la imagen final, que invita a pensar en igual medida en hipótesis ideológicas aberrantes como certeras, el principal problema de El enemigo interior es lo subrayado que está todo en varias situaciones, como si existiera la imperiosa necesidad de que no falte el discurso, un discurso nunca dosificado sino forzado.

Por Guillermo Colantonio
@guillermocolant

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