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Crítica: El Bosco, el jardín de los sueños (2016), de José Luis López Linares

El Bosco: el jardín de los sueños  (España / Francia – 2016)

Dirección: José Luis López Linares / Guion: Cristina Otero / Fotografía: José Luis López Linares / Edición: Pablo Blanco Guzmán / Duración: 85 minutos.

ARQUEOLOGÍA DE LA IMAGEN

“Cuando una obra maestra nos conmueve escuchamos en nuestro interior la misma llamada a la verdad que impulsó al artista a crearla”. Estas palabras del cineasta ruso Andrei Tarkovsky impresas en la pantalla, dan apertura al documental de José Luis López Linares, un reconocido documentalista español  (Sorolla, la emoción al natural , Últimos testigos, El pollo, el pez y el cangrejo real, A propósito de Buñuel, Asaltar los cielos, etc) que en este caso aborda a uno de los más paradigmáticos, misteriosos y controversiales artistas plásticos flamencos: Jeroen Van Acker , quien se apodó el mismo Hieronymus Bosch y al que todos conocemos como “El Bosco”.

Decenas de rostros observan “algo” fuera de campo, son espectadores de una imagen que nos es negada en los primeros minutos del filme. Esa imagen que será el epicentro del relato, de la que se abrirán como un abanico decenas de sensaciones, análisis, teorías y disquisiciones que nos permitirán acercarnos al universo de El Bosco. Esa imagen que es negada al inicio y será la reina del documental después, se hace materia en su famoso tríptico hoy llamado “El jardín de las delicias” que se encuentra expuesto hace décadas en el Museo de El Prado.

“¿De dónde salió esta fantasía dionisíaca?”, “Y estalla el caos, el inicio de todas las cosas”, “Verlo abrirse es un acto teatral”, éstos son algunos de los primeros pensamientos que hacen palabra los espectadores del enigmático cuadro. Más de 30 personajes diferentes se detendrán a observar esta obra y desde sus distintos puntos de vista, José Luis López Linares intentará contestar estas dos preguntas claves: ¿Quién era El Bosco? ¿Qué significa lo que ha representado en esta obra?

Hay tantos ojos como profesiones que entregan su mirada y comparten sus impresiones: artistas plásticos, cantantes, músicos, historiadores, un filósofo, escritores, un dramaturgo, una restauradora, el director del museo y otras figuras más, a través de las cuales escudriñamos una y otra vez la tela inmensa y mágica que se despliega ante nosotros: espectadores de los espectadores.

¿Quién era El Bosco?, ¿Qué significa lo que ha representado en esta obra? Responder estas preguntas con certeza absoluta es casi un imposible. Este tríptico es un cuadro del año 1500 -aunque nunca se pueden dar fechas exactas, pues los cuadros jamás eran fechados por el artista– que presenta en la estructura de sus tres tablas: el génesis (a la izquierda), el mundo terrenal (al centro) y el infierno (a la izquierda). Pero quienes hayan observado un instante esta obra, sabrán que en esas imágenes se esconden tantos símbolos arcanos, algunos más accesible y otros aún no revelados, que hacen de Hieronymus Bosch un artista de vanguardia.

Un hombre enormemente religioso que fue capaz de pintar los pecados más tabúes de manera perturbadora retratando en “El Jardín de las delicias” la lujuria como algo bello y atroz al mismo tiempo, donde un pájaro es más grande que un humano, donde el deseo es un desborde sin límites y pasa como una fruta roja de boca en boca hasta llevarte al infierno. Sus objetos y personajes, sus escenarios y colores parecen oníricos, pero este sueño de liberación termina siendo la peor pesadilla. Impregnado de objetos cargados de simbología: el búho, el pez, el conejo, la frutilla, el pájaro y otros, cada uno contiene un pequeño secreto detrás de su apariencia. Es grotesco y paródico, pareciera reírse de aquello mismo que representa, pero a su vez es moralizante, como si quisiera advertirnos del final que nos espera si nos entregamos a la engañosa seducción del pecado.

Un surrealista antes de que existiera el surrealismo, un dibujante supremo de imaginación infinita, provocador, inquietante que narra cuando dibuja como quien escribe un libro sobre una tela, mientras que a la vez se impone un pintor excelso que crea mundos increíbles de colores imposibles.

De El Bosco podríamos hablar tanto que agotaríamos las hojas, tal vez no se hayan creado las palabras para describir son exactitud su obra, por eso el documental busca la diversidad de miradas, y desde la perspectiva del “ojo de nuestra época” busca adentrarnos una vez más en estas preguntas, atravesando con la lente de la cámara la pluralidad de las percepciones. Volver a ver, es volver a reflexionar sobre una obra que habla del universo y su origen, del universo y el hombre, del mal, del bien, de la vida y de la muerte.

“El jardín de las delicias” es el protagonista de esta historia, y su análisis reivindica su atemporalidad. El tiempo no lo envejece, sino que lo resignifica como lo hace una vez más este atractivo relato documental a través de la mirada de los otros y de nosotros.

Por Victoria Leven
@victorialeven

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