Crítica: Chubut, libertad y tierra (2018), de Carlos Echeverría

Chubut, libertad y tierra (Argentina – 2018)

Dirección y Guion: Carlos Echeverría / Producción: Paula Zyngierman y Carlos Echeverría / Música: Luis Chavez Chavez / Duración: 129 minutos.

Una doble búsqueda se plantea en el último documental de Carlos Echeverría. Quien la lleva a cabo es una joven, la cual sigue los pasos de su abuelo, el doctor Juan Carlos Spina, un médico ferroviario, responsable de la fundación del partido Libertad y Tierra en la provincia de Chubut. Esta decisión le valió ser relegado de la esfera pública. Apenas se conservan audios con su voz y algunas fotos. Por ello, la necesidad de sumar testimonios de quienes lo conocieron. El trayecto de la protagonista confirma la experiencia del viaje como transformación de la propia identidad. Hacer el camino del otro, pisar la misma tierra, es una forma de invocar a los fantasmas y sentir su presencia. Pero para ello, hay que estar en el lugar de los hechos. Se dice que Tolstoi para escribir “La guerra y la paz” pasó años tomando notas en los que habían sido los campos de batalla. Supongo que todo documentalista parte de la necesidad de interactuar con un espacio y con los relatos que los habitan. Los largos recorridos de la joven nieta por los paisajes desiertos del sur confirman esa operatoria.

Sin embargo, la historia personal es también una forma de sacudir el pasado para interrogar el presente. A medida que transcurre la travesía, nos metemos en el túnel del tiempo para comprobar no sin cierta perplejidad las políticas sucesivas de servilismo a Inglaterra, una lógica de entrega territorial que, por supuesto, no cesa. Puede que el tono marcadamente expositivo y neutro de la omnipresente voz en off genere un lastre innecesario en determinados tramos, pero cada línea discursiva está justificada por la necesidad (ética) de hacer comprender las maniobras siniestras que históricamente se llevaron a cabo contra el pueblo, los constantes abusos y despojos de las tierras cuyo origen data de 1889 y continúan hasta los Benetton.

La presencia de los trenes genera un efecto ambiguo. Por un lado, y desde el punto de vista cinematográfico, siempre aparecen pegados a una tradición simbólica ligada a los orígenes. Por otro, son signos concretos de un sistema pensado en su momento para controlar absolutamente el espacio patagónico en función de los intereses de capitales extranjeros. Da pavor escuchar y ver la manera en que hemos entregado el país y lo seguimos entregando. Del mismo modo ,se despierta la nostalgia por un modo de transporte destruido en la década menemista y con ello las esperanzas de miles de familias. Algo similar ocurre cuando se ven los lugares desolados de ese sur que quisiéramos ver y disfrutar como un western (el registro de Echeverría lo hace posible) y sin embargo sabemos de las dificultades de sus habitantes, perdidos en reclamos nunca escuchados, estigmatizados por los medios manejados por el poder. Esa tensión late en la película y es unos de sus puntos más interesantes.

Puede que el método empleado por Echeverría traicione las expectativas de quienes están habituados a tantas docuficciones terapéuticas, pero es bueno pensar que existen aún cineastas que combinan rigurosidad y sensibilidad para que no nos distraigamos, porque los embates siguen, están a la orden del día.

Por Guillermo Colantonio
@guillermocolant

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