Crítica: Ceniza negra (2019), de Sofía Quirós Ùbeda

Ceniza negra (Costa Rica / Argentina / Chile / Francia – 2019)
Estreno exclusivo a través de la plataforma Puentes de Cine, luego a partir del 20 de diciembre estará disponible en Eyelet y desde el 29 de diciembre en MUBI.

Dirección: Sofía Quirós Ùbeda / Producción: Mariana Murillo / Fotografía: Francisca Saéz Agurto / Montaje: Ariel Escalante Meza / Música: Wissam Hojeij / Intérpretes: Smachleen Gutiérrez, Humberto Samuels, Hortensia Smith, Keha Brown / Duración: 82 minutos.

CAMBIAR DE COLOR

A pesar de la opacidad de la noche, la cámara logra captar a una culebra deslizándose por la playa. Alerta y con lentitud, el reptil atraviesa el plano fijo hasta desaparecer, mientras que su huella resulta casi imperceptible entre la oscuridad y las ondulaciones inherentes a la arena. Y, sin embargo, a medida que avanza la ópera prima de Sofía Quirós, ese rastro apenas visible se inviste de sentido, muta y llega al clímax en la escena final. Porque lo oculto se revela a partir del contacto con la naturaleza, con lo primigenio y con el rito ya sea dentro de los pozos escarbados con las manos en la tierra, a través de las preguntas que brotan desde lo más profundo como plegarias, en el fuego que parece consagrar el paso de animales y humanos por el mundo o volverse un canal de contacto, en el baño de los cuerpos en el agua y en las sombras.

Si bien la idea de la muerte como destino inexorable atraviesa toda la película, la directora propone una mirada transformadora: como si fuera un cambio de piel. Selva le comenta al Tata que las serpientes se desprenden de sus pieles cada cuatro meses y adquieren otras con colores más vivos y diversas combinaciones, una suerte de ajuste de envoltorio reparador, una nueva oportunidad, un renacer. Ella, incluso, desea enfundarse en dorados, plateados, azules y rosas como las pinturas y brillos que usa para los festejos junto al abuelo y Elena o cuando baila árabe. Entonces, el fallecimiento se encarna en una metamorfosis total donde se abandona la carcasa para aflorar en múltiples formas enlazadas con la naturaleza y el recuerdo, un estado diferente que se honra con todos los sentidos.

Por último, en Ceniza negra se alude también al pasaje de la niñez hacia la adolescencia como otra manera de cambiar la piel y el color. Los primeros acercamientos hacia el chico que le gusta, la propia concepción del cuerpo o las prácticas de movimiento de labios sobre las manos para aprender a besar junto con las amigas empiezan a resquebrajar los resquicios de inocencia infantil para tejer los cimientos de la juventud. Una nueva gama dispuesta a ser usada y alterada infinidad de veces.

Por Brenda Caletti
@117Brenn

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