Crítica: Cafarnaum, la ciudad olvidada (2018), de Nadine Labaki

Cafarnaum, la ciudad olvidada (Líbano / Francia / Estados Unidos – 2018)

Dirección: Nadine Labaki / Guion: Nadine Labaki, Jihad Hojeily y Michelle Keserwany / Fotografía: Christopher Aoun / Música: Khaled Mouzanar / Montaje: Konstantin Bock y Laure Gardette / Intérpretes: Zain Al Rafeea, Yordanos Shiferaw y Boluwatife Treasure Bankole / Duración: 126 minutos.

Nadine Labaki la “cuestionada” realizadora de este nuevo filme vuelve luego de varios años de ausencia para narrar otra historia nueva acerca de sus preocupaciones sobre la actualidad de su país. En esta nueva propuesta trata uno de los temas más críticos de la actualidad como foco del relato: el abandono parental en todas sus derivaciones. No sólo el abuso, el maltrato, y la des identificación hacia el universo de la infancia, sino también busca generar una pregunta mayor acerca del sentido de la paternidad y del acto del nacimiento.

Cuando refiero a la realizadora como “cuestionada”, lo hago para traer al texto lo sucedido en el Festival de Cannes (2018) a la hora del estreno Cafarnaum en la Competencia Internacional en la cual fue galardonada con el Premio del Jurado. Esta película plantea con solvencia un retrato cruel sobre la marginalidad infantil, abriendo un debate acalorado entre quienes la vivenciaron como una audaz denuncia y quienes la defenestraron clasificándola como un regodeo en “la pornografía de la miseria”.

Nominada al Oscar como Mejor Película en idioma extranjero, este tercer filme de Labaki es descarnado y doloroso, pero aún en ciertos subrayados que podrían pecar de innecesarios el relato se presenta como una genuina búsqueda estética y ética sobre el debate moral que plantea acerca de la condición de la infancia y de la identidad. Tanto el recurso de corte documental como los artificios más evidentes de la ficción apuestan a recrear un mundo existente, así de salvaje e insoportable a la mirada atenta.

El relato entrama dos historias que se unen entroncadas a partir de la declaración en un juicio oral donde un niño de apenas 12 años, Zain, que ahora vive en prisión, demanda a sus padres por haberlo traído al mundo.

Si esta demanda la formulamos como una pregunta, queda a la luz la postulación de un vacío existencial como una paradoja ¿para qué estar en este mundo sino debería haber nacido? Es así que el filme no solamente expone una realidad local y particular, sino que definitivamente se universaliza.

Esta demanda de Zain, catapulta el raconto de su vida de manera que no podamos escapar de las escenas de su subsistencia y de su familia que funciona como una prisión esclavizante, ocupando en ella un espacio tortuoso y desamorado, como si a la vez en realidad su lugar fuera un no lugar. Sus padres funcionan como explotadores se ven a sí mismos como desechos sociales, como despojos hecho sujeto que se cristalizan en padres abusivos a partir de su propia impotencia. Mientras, Zain discurre en una vida donde sólo el vinculo con sus pares, como su hermana Sahar, parece ser el único nexo con el deseo de estar vivo.

En este ir y venir entre su vida en pasado y el presente judicial, se revela la razón desesperada por la que el niño está preso entre las rejas que la ley le ha impuesto y se abre el segundo relato a través del cual vislumbramos otra historia.

Luego de que sus padres vendan a su hermana Sahar, de 11 años, en matrimonio, Zain escapa de su hogar y conoce en un parque de diversiones a Rahil, una joven indocumentada e ilegal, nacida en Etiopía. Ella lo alberga en su humilde casa dejando en sus manos el cuidado de su pequeño hijo Yonas de apenas unos pocos meses de vida a quién mantiene a escondidas frente al temor de que se lo quiten por su condición de ilegalidad.

Esos dos niños habitan en ese encierro solitario, creando un mundo de refugio imaginario para ese contexto externo hostil y amenazante.

Zain ni siquiera tiene partida de nacimiento porque sus padres jamás lo anotaron, no tiene una identidad social real, al igual que la refugiada Rahil que lo intenta ayudar dándole techo y comida. Así es que Zain trata de preservar hasta las últimas consecuencias ese lugar de protector de Yonas quien todavía no entiende las reglas de esta cruel subsistencia.

Cómo deviene el relato de 120 minutos no me es pertinente revelar, pero, si vale destacar la propuesta de Labaki a la hora de haberse ocupado de investigar de manera directa la vida de decenas de niños en circunstancias similares, elemento que le otorga al filme una fuerza realista esencial.

En la propuesta formal la mixtura de documental con la ficción se ve reflejada en la elección de los niños y adultos no actores, que encaran sus mismos personajes tan conectados con su vida real, a los que le imprimen en cada acción una capa emocional hecha de sus propias vivencias. Horas y horas de rodaje con material filmado en cantidades notorias permite logar esa naturalidad a la hora de ver reflejada la interacción entre los niños, que sólo este trabajo minucioso en el cuidado de las escenas y un montaje riguroso podían preservar de esta manera.

La cámara activa, testigo permanente de cada escena circula como un ojo móvil que sin respirar se filtra en cada acción y en cada situación de violencia o de contemplación. Se mueve bruscamente, siguiendo los hechos con cierta tosquedad elaborada y esa dura brusquedad es el reflejo de la brutalidad de los hechos narrados, de los actos cometidos y de las emociones en juego. A la vez que esta mirada de documento se apropia de casi todo el filme, otros grandes planos generales explícitamente calculados sellan la mirada ficcionalizante y estilizada.

Es tal vez el único recurso que sobre satura al espectador el de la musicalización del filme, que cae en el subrayado de escenas gran tensión dramática que no necesitan de ninguna enfatización. Allí donde la imagen respira con fuerza la música muchas veces excede a las necesidades de la escena.

Los recursos estéticos van en consonancia con la propuesta de la trama y de la perspectiva ética que propone la narradora. Labaki no intenta pasar desapercibida y de manera valiente es genuina en su manera de poner todas las cartas sobre la mesa.

A quienes llamen esta jugada audaz una mera “pornografía de la miseria” es porque se han quedado atrapados en el efecto y no han podido develar el fondo incrustado en las formas. Ver la miseria humana con en este nivel de desnudez puede parecernos algo obsceno, pero la miseria no es pornografía, es una de las formas más desoladoras e insoportables de la violenta condición humana.

Por Victoria Leven
@LevenVictoria

90%
  • Nuestro Puntaje
Podría interesarte

Escribe un comentario

No publicaremos tu mail