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Crítica: Barry Seal – Solo en América (2017), de Doug Liam

Barry Seal: sólo en América / American Made (Estados Unidos – 2017)

Dirección: Doug Liman / Guion: Gary Spinelli / Fotografía: César Charlone / Edición: Andrew Mondshein / Música: Christophe Beck / Intérpretes: Tom Cruise, Domhnall Gleeson, Sarah Wright, Jesse Plemons, Caleb Landry Jones, Lola Kirke, Jayma Mays / Duración: 115 minutos.

Años ochenta, y al igual que aquel veinteañero de Top Gun, Tom Cruise vuelve a ponerse el traje de piloto, esta vez para encarnar a Barry Seal, un aviador comercial que luego de ser contactado por la CIA para hacerle unos favorcitos, -en principio para fotografiar bases insurgentes en el Caribe, luego se agregaría al combo el transporte de armamento para financiar a la derecha nicaragüense- termina codeándose con Pablo Escobar y convertido en un importante narcotraficante. Cuando en realidad, fue un miserable conejito de indias que ayudó a que EEUU sea la potencia que es hoy en día. Por supuesto, todo el riesgo a cambio de llenarse los bolsillos con las mieles del capitalismo; a tal grado que ,en la película, ni lavando dinero ni escondiendo efectivo en el patio de su casa podía disimular lo rápido que crecía el negocio.

En esta línea, el protagonista se emparenta con el Leonardo Di Caprio de El lobo de Wall Street por su absoluta falta de moral y su insaciable sed por el dinero que en el fondo no esconde ideología alguna. En ambas, la avaricia está expuesta como motivo causal de sus acciones y como lo que es: un fin en sí mismo. Incluso, su director, Doug Liam recae en el mismo hilo conductor que guía en flashback a la maratónica obra de Scorsese. En este caso, la voz en off se desprende de unas grabaciones en VHS que Seal -una vez fuera del negocio- testimonia a cámara, más cerca del relato de aventuras que del confesionario porque claro, mientras sus labores obedezcan “a los buenos”, no hay nada de qué arrepentirse.

Con Barry Seal: Solo en América, Hollywood pareciera criticar al Reaganismo, mostrando su lado oscuro, el accionar de los servicios de inteligencia y la impunidad neoliberal, pero su disfraz de entretenimiento lo único que hace es exportar cinismo. Lo que de ningún modo quiere decir que el trabajo de Doug Liman sea despreciable, en sus fines, funciona. Incluso, la imagen que atraviesa varios formatos (desde VHS, videos tomados de archivo, o cierta imaginería televisiva de la década) jamás descuida su atractivo. En cuanto al ritmo, no hay mucho que recriminarle al realizador de Mr and Mrs Smith. Las muchas historias sacadas de enciclopedia, como el conflicto Irán-Contras o la imparable expansión del Cartel de Medellín, quedan entrelazadas elocuentemente, sin fisuras y con el agregado de un humor negro, corrosivo, que alcanza a saldar la exageración y lo inverosímil de algunos puntos de giros. El producto final puede carecer de una fidelidad historiográfica exacta (algo que los fanáticos de las películas basadas en hechos reales no toleran), pero no se puede negar que las extremas vivencias en las que se ve envuelto nuestro protagonista no son capaces de robarle alguna que otra carcajada al espectador.

Si hay algo que al final queda claro es que venderle el alma a dios es lo mismo que vendérsela al diablo; y que el gobierno estadounidense necesitó siempre (y necesita) de esta contradicción para fortalecerse. Al igual que el también contradictorio personaje de Tom Cruise, quién podrá ser avaro, inmoral, traicionero, narcotraficante, pero nunca se lo verá aspirar una línea, ni siquiera cuando queda completamente empolvado de pies a cabeza luego de estrellar su avión durante una persecución con la DEA.

Por Felix De Cunto
@felix_decunto

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