Crítica: 1048 Lunas (2017), de Charlotte Serrand

1048 Lunas / 1048 Lunes (Francia – 2017)
20 BAFICI: Competencia Internacional – Premiere Internacional

Dirección, Guion, Producción, Montaje y Arte: Charlotte Serrand / Fotografía: Victor Zébo, Xavier Pérez Diaz / Sonido: Nicolas Boyer, Thomas Fourel / Musica: Blumone / Interpretes: Françoise Lebrun, Charlotte Bayer-Broc, Noémie Marignier, Noémie Lothe, Carmen Leroi / Duración: 60 minutos.

Los ecos de Albert Serra son inevitables. Los festivales independientes comienzan a mostrar óperas primas que forman parte de una generación de clones respetuosos y con diversos resultados. La película de Serrand supone un virtuoso ejercicio formalista, una búsqueda diletante cuyo propósito es poner en escena a mujeres que esperan y transformar ese acto en una épica de intimidades. Todo surge de un curioso proceso de traslación de las cartas de amor de Ovidio combinados con la mitología griega.

El marco natural es absorbido en toda su dimensión y belleza, y allí están las heroínas para gritar los nombres de sus hombres en guerra. En todo caso, será la naturaleza la que determine la impronta de gesta. Un mar abierto, las rocas, el cielo inabarcable y el transcurrir de las lunas son los marcadores que la directora utiliza para sus tiempos muertos. La espera y la paciencia de estas mujeres representan la verdadera proeza. Y es cierto que existe el peligro de la pose estetizante, sin embargo, sobran algunos signos seductores como para internarse en el clima de la película sin complejo ni culpa por tener que explicar nada, simplemente desde la curiosidad y la atracción que provoca la fuerza de las imágenes. Un elemento destacable es de qué manera se piensa el filme en función de una banda sonora subyugante, en perfecta sintonía con la energía visual. Otro pasa por la inclusión de anacronismos tales como radios viejas que remiten a los momentos en que las mujeres se comunicaban con los soldados durante las guerras en el siglo XX y aquí están unidos en el tiempo, asociados a la época antigua. El efecto logrado es por lo menos asombroso y vincula diferentes cuerpos pero con una misma intención: la espera.

Las mujeres en cuestión son cinco: Penélope, Briseida, Filis, Enone y Hera. De este modo, al igual que el Quijote y Sancho de Serra, permanecen comiendo frutos, sentadas en el verde césped, en silencio o intercambiando susurros. Los gritos siempre están destinados al horizonte con la esperanza de que sus hombres puedan escuchar. También, dentro de este cuadro elegante, el humor, o al menos la duda sobre si reír o ponerse serio, tiene cabida. Y eso obedece a la particular naturaleza del proyecto de Serrand, a veces tan delicado y autónomo que parece cerrase sobre un hermético y laborioso tejido cuyos efectos varían en determinadas secuencias. Está en cada uno entrar o no.

Por Guillermo Colantonio
@guillermocolant

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