Cosquín 2019: Balance del festival

FICIC 9. BALANCE FINAL

1-

Culminó la novena edición del Festival Internacional de Cine Independiente de Cosquín, un evento que, pese a las dificultades que debe atravesar en un contexto donde las políticas culturales brillan por su ausencia, se planta estoicamente gracias a la pasión de un equipo que tiene muy en claro lo que quiere y a qué apunta. Este espíritu comunitario abarca todas las aristas de la organización y quienes van a cubrir la muestra perciben la calidez y la gentileza inmediatamente. En el festival no hay esclavos (como en otros emprendimientos) y quienes trabajan lo hacen con gusto, ya sea cortando una entrada hasta fotografiando los movimientos del público que acude a las salas. No es frecuente hallar esto en la histeria capitalina donde las relaciones se desdibujan; tampoco es factible hallar una programación coherente y con criterios claros, más allá de los gustos particulares. En efecto, si hay una señal lanzada desde el vamos es que este festival cuenta con un número reducido (y justo) de películas. De este modo, no existen espacios de rellenos ni inclusiones por conveniencia, hecho que se aprecia en las justificaciones acertadas de su director artístico Roger Koza, presente en todas las funciones para motivar cada visionado.

El clima que se vive durante cuatro días es de celebración. Se perciben cierta precariedad técnica y espacial en las proyecciones, pero son suplidas con la buena voluntad de quienes trabajan y con la pasión que le ponen para que todo salga de la mejor manera posible. En Cosquín se come, se conversa sobre lo que se ve todo el tiempo, se debate y fundamentalmente se disfruta de un verdadero acontecimiento cinéfilo. No es poco. Y la buena vibra augura un futuro promisorio.

2-

La oferta de largos y cortos de esta edición incluyó títulos atractivos e interesantes para pensar el curso del cine contemporáneo, sobre todo en ciertos focos puntuales como es el caso de Brasil. No solo con la presencia de Sol alegría, la película ganadora, sino por la retrospectiva consagrada a André Novais Oliveira, un joven director que parece una promesa. Justamente ese ha sido el criterio de selección, la posibilidad de acercarse a carreras cinematográficas cortas para abrir conjeturas, hipótesis, sobre realizadores que aún tienen un camino por delante pero que comienzan a manifestar visibles signos de una poética autoral. En el caso de Oliveira, la mirada se descentraliza y ofrece un paneo social de Belo Horizonte, su ciudad. La posibilidad de indagar en lo cotidiano, a partir de los espacios familiares y urbanos, permite configurar un mapa en el que las fronteras entre la ficción y el documental parecen borrosas. En Ela Volta na Quinta (Ella regresa el jueves) de 2011, un retrato familiar es el móvil para explorar las relaciones de espacio/tiempo en pocos personajes estancados en el mismo pantano (Brasil). Las dificultades económicas generan la única épica posible, la de la espera, la de la existencia que transcurre sin demasiados sobresaltos. Precisamente, el cine como dispositivo parece ser el único capaz de capturar esa dimensión, una parálisis continua donde solo se destacan instantes. Ya en Temporada, de 2018, disminuye bastante la sequedad del cuadro anterior aunque los problemas son más visibles. La extraordinaria interpretación de Grace Passo sostiene la película con su cuerpo, su gracia y un registro que alterna el dolor con el afecto. Juliana se llama la protagonista y ha ido a Belo Horizonte para trabajar en una dependencia de control sanitario. Su drama individual (el marido la ha dejado) se equilibra en un creciente espíritu de camaradería con sus compañeros, cuestión que da lugar para que Oliveira indague sobre el sentido de pertenencia y los vínculos laborales en tiempos de fragmentación capitalista y desigualdad garantizada.

Las películas brasileñas seleccionadas comparten un acercamiento a espacios específicos, micro universos cuya proyección colectiva habla de la situación de un país en crisis. Los constantes desplazamientos de los personajes, los rituales cotidianos, el sexo y las hibridaciones genéricas son síntomas de un monstruo incipiente cuyas consecuencias recién comienzan a advertirse de manera trágica.

3-

Uno de los platos fuertes de esta edición ha sido la propuesta de cortometrajes. En este mismo espacio he reseñado algunos de ellos. En términos generales, todos han sido atractivos, ya sea desde sus planteos formales como temáticos. Un ejemplo es El brazo del Whatsapp del talentoso y joven realizador Martín Farina. En una mirada superficial se reconoce una discusión o una prolongación de un estereotipo de conversación masculina con todos los clisés machistas y políticos que afloran en una sobremesa después de un asado. Sin embargo no es el tema ni el argumento lo que se destaca. Farina construye una especie de caligrama donde el montaje (notable) y la fluidez dibujan progresivamente ese brazo del que habla el título, una sucesión de intervenciones verbales que se van encastrando a un ritmo justo y preciso, producto del pulso narrativo de un director que depura cada vez mejor sus métodos de observación.

El otro corto verdaderamente sorprendente ( y que pasó desapercibido) es Cairo Affair de Mauro Andrizzi, un cineasta que parece un outsider dentro del panorama actual en la Argentina, una especie de viajante perpetuo que filma con una libertad capaz de eludir el imperativo de tantas ficciones arrastradas por la abulia de la ciudad. Cada uno de sus proyectos genera un saludable desconcierto y se planta con espíritu fronterizo para dar rienda suelta a narraciones donde no parece haber límites. En este caso hay tres historias cuya matriz tal vez sea autobiográfica, sin embargo, lo importante no radica en eso sino en la misma productividad fílmica que puede generar la experiencia misma del viaje, en este caso, por Medio Oriente. Como si se tratara de un juego borgeano, Andrizzi postula una realidad autónoma donde las imágenes documentales establecen el puente a la imaginación, a la gravitación de la ficción verbal marcada por los subtítulos e intertítulos que tejen tramas como si surgieran de Las mil y una noches. Se trata de una disociación interesante: mientras se registra con calma un espacio cotidiano (una calle, un hotel, la fachada de un edificio) las historias avanzan compulsivamente, desde supuestos espías a tiburones que amenazan la integridad de turistas, pasando por biografías inventadas (?), con los protagonistas casi siempre fuera del campo visual. De este modo, una imagen documental se resignifica y es absorbida por la ficción para ser transportada a otra dimensión. Un pájaro puede ser observado en el borde de una construcción y de repente transformarse en Los pájaros de Hitchcock, o los tiburones del segundo relato fundirse en el Tiburón de Spielberg, el más importante de la historia, en el cine como en la vida. Se sabe: nunca más una playa fue igual después de Tiburón. ¿Ficciones paranoicas? Sí. Todas surgen de cierto sentimiento de persecución que impregna los relatos. Y es ese mismo sentimiento el que potencia la posibilidad de la narración infinita, una especie de máquina que entra en funcionamiento sin horizonte de llegada. Una vez más (al igual que en sus trabajos anteriores), Andrizzi confía en el cine como narración desenfrenada, libre, cuyo motor esencial de significación es el montaje y el mundo, una gran película.

4-

Los premios de la novena edición del FICIC estuvieron bien justificados por sus jurados y hubo consenso en general de que primó lo político antes que lo estético. Si los festivales de cine son hijos de un tiempo, está claro que hoy, más que nunca, urge la necesidad de defender ciertas batallas y de hacer visibles aquellas películas que dan cuenta, cada una a su manera, de la debacle que nos toca en el presente. Por supuesto que se podría discutir horas sobre cuál es el alcance de la expresión cine político, pero quedó claro en la entrega de menciones y de los principales galardones que la cosa iba por allí, por la posibilidad de resaltar cierta ética de representación por sobre todo. Sobre Lluvia de jaulas de César González me he referido en una nota anterior. Valgan algunas palabras sobre Construcciones de Fernando Martín Restelli, la otra película que recibió una mención del jurado. A primera vista parece reiterar varios de los procedimientos de observación de tantos documentales vistos y transitados por festivales: la morosidad, la exploración de espacios cotidianos y el recorte de un personaje para seguirlo en su intimidad. Todo esto está en el filme de Restelli, sin embargo, detrás de esa tela formalista hay un realizador que no detenta soberbia en su mirada y que mantiene una cercanía tan cómplice como afectiva con Pedro, un trabajador, y su hijo Juampi. Dos son los lugares destacados. Por un lado el ámbito laboral, una construcción que Pedro debe cuidar, entre máquinas y desechos mientras escucha la radio o ve en televisión las promesas de políticos o estadísticas sobre ocupación hotelera de turistas que se encuentran a años luz de la realidad que le toca a este hombre, capaz de recorrer todos los días un largo y sinuoso camino hasta su precaria casa para estar con su hijo. Ese contrapunto (un tanto subrayado) grita presencia: la única forma de contrarrestar la obscenidad del poder y aguantar la situación de vulnerabilidad es a través del afecto, del amor. Materializar la existencia de un modo de vida al margen de la burbuja de las capitales y de los que más poseen es la intención de un director que es capaz de devolver la pelota al niño detrás de cámara en vez de cortar. Mientras otros elevan la vista desde una montaña, Restelli se mezcla con sus personajes y su cámara nunca pierde de vista la humanidad de sus vínculos, que también se construyen, y de manera más sana y más limpia que las obras del gobierno.

5-

Todo indica que la próxima edición del Festival puede ser especial. Se tratará de la décima. Un número quijotesco si se tiene en cuenta la realidad material y la infraestructura de las que disponen sus hacedores. Sin embargo, está visto que la pasión mueve montañas, así que a esperar un año por más cine, que es lo que verdaderamente importa. Hasta entonces.

Por Guillermo Colantonio
@guillermocolant

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